domingo, 15 de enero de 2017

25. Días de campo 3 (el moro)



Aunque yo sí, en la estancia no estaban nunca de vacaciones, es decir, todo el mundo tenía algo que hacer, y tenían que hacerlo a una hora determinada. Esto había que entenderlo, sobre todo por el tema de los caballos, que aun siendo el principal objeto del deseo, no estaban allí como atractivo turístico para los niños de ciudad; nada que ver. Así que si quería cabalgar la mejor opción era pescar por Vittorio o Francisco y subir detrás de cualquiera de los dos. Vittorio directamente no me peloteaba; Francisco, en cambio, rezongaba pero al final me dejaba ir con él.

La otra alternativa era una mula, no sé si vieja, pero que no iba para ningún lado - con decirte que subirte sobre la alambrada era mucho más peligroso -, pero tenía la ventaja de que me dejaban montarla solo. Aparte estaba mi objetivo, un caballo del que decían que era arisco, o peligroso, aunque yo lo sentía de carácter rudo pero amigable. Era de un marrón oscuro, con un porte medio de malevo enojado, con unas manchas negras en el cuello como de llagas, y que no sé bien por qué, de ahí era que se le decía el moro.

En algún momento, vencida por la siesta, la población se descuidó y en una nada de tiempo estuve sobre el moro. Corcoveaba el guacho, y la verdad que me asustó un chiqui, pero el placer por lejos le ganó al miedo, así que le azucé levemente y ahí comenzamos a andar, lentamente, por alrededor de la casa. Como le tomé confianza le solté rienda, incliné mi cuerpo hacia delante y el moro entendió a la primera. Corrijo, el hijo de puta entendió lo que quiso, esto es, se disparó como una bengala. Yo solo intentaba no caerme de cabeza demasiado pronto.

Apenas logré mantener el equilibrio apretando mis rodillas (no alcanzaba los estribos), y bordeé la casa por sus lados hasta que tuve enfrente el galpón y, a la derecha, la opción de salir al campo abierto. El moro, puesto en modo bestia, decidió ir a atropellar el galpón. En ese momento vi a ña Raimunda moviendo los brazos, como aleteando y graznando, con la prole detrás, también aleteando y graznando, como si todos estuviesen festejando mi jineteada. Lo cierto es que delante estaba el alambre grueso en donde se colgaba la cecina, y de seguir ese trayecto me quedaría sin cuello.

Fue cuestión de un instante, lo que dura reaccionar. No iba a dar para agacharme hacia delante, era tarde para eso, aparte que el moro se iba a enloquecer todavía más, así que me estiré todo lo que pude hacia atrás, sin dejar de sujetarme al animal con las rodillas, ni soltar la rienda. En un destello vi el alambre sobre mí, unas nubes, el sol, y ya estaba de nuevo incorporado sobre el moro que por poco embestía el galpón, sujetado ya por ña Raimunda y por Vitorio en medio de un griterío que seguro iba a despertar a madrina.

Foto original de Lisa Lyne Blevins - Editada por Silvio M. Rodríguez C.

sábado, 14 de enero de 2017

24. Días de campo 2 (las espinas)


Me había dado cuenta de que Vitorio y Francisco jamás tropezaban mientras andaban, y no sé, de repente me cayó el rayo celeste o simplemente por primera vez hice sinapsis, pero el caso es que concluí que eso se daba porque siempre andaban descalzos. Como para mí era fundamental el tema del agarre y de vencer aquella limitación de caerse todo el tiempo, va que me descalzo y pruebo la pista sin el Forward, minga, todo mal. Al segundo paso que di una espina, al tercero otra, y así. No pude caminar ni tres metros y frustrado volví nomás a calzarme.

Yo me figuré que todo eso era una mierda, que de algún modo tenía que haber un secreto, una trampa que yo no estaba pillando, algo había ahí a lo que yo no accedía, es decir, no podía ser que otros sí y yo no, no me cerraba. Así que se lo planteé a padrino el tema de por qué a Vitorio y demás las espinas no les clavaban y sin embargo a mí sí; simplemente me dijo: “si tenés miedo te van a clavar”. Fue una trompada, más o menos. Porque si bien estaba, recién ahí pude ver ese miedo.

No reaccioné al tiro, sino que lo dejé venir. Esperé a que en cierto momento cada cual estuviese en sus cosas y me senté al borde de la casa, solo, pensando qué tan cierto, qué tan probable sería aquello que dijo padrino. Asumí que era verdad, porque era verdad mi miedo y porque padrino nunca fallaba, de manera que traté de meterme en la cabeza la convicción de que las espinas no me iban a clavar. Me descalcé y estuve con los pies sobre el pasto durante un buen rato, mirando al frente, poniéndome como meta llegar descalzo hasta la alambrada.

Me paré. Me dije que si iba despacito iba a ser maricón y sería al pedo, que más valía caminar seguro hasta llegar, que era eso o nada. Y ahí fui. Dos pasos, tres, cuatro, nada. El corazón como un tambor, y vamos, el pasto una felpa, agarre puro y firme, ya me reía, ya no me lo podía creer y estaba a mitad de camino. Seguí avanzando con el tambor redoblando por dentro hasta que llegué a la alambrada, donde me apoyé sin mirar atrás. Estaba sudando. Giré, volví hasta la casa. De la casa volví hasta a la alambrada.

Repetí el circuito unas cuantas veces curvando la trayectoria, no vaya a ser que justo por donde andaba no hubiese espinas, luego probé el trote haciendo eses y finalmente me lancé a correr. ¡Mi Dios, era cierto! Completamente cierto, bastaba con perderles el miedo para que las espinas, estando ahí, dejasen de estar. Por un lado, ya te imaginarás el tremendo contento que sentí, por otro, comprenderás cómo la figura de padrino creció hasta la altura de las nubes, fácil. Sin embargo, lo curioso se dio cuando después, al pasar este dato a mis congéneres, no les funcionó como a mí.

miércoles, 11 de enero de 2017

Cita 27


Podemos sonreír al decir que la más absolutista de las frases es, sin duda, aquella que afirma que "todo es relativo". Desde ella, es posible afirmar que la vida de un chico de cuatro años ha sido muy intensa, y que la de un señor de cuarenta años no ha sido nada, dependiendo de cómo miremos ambas vidas, si qué variables consideramos, si qué lentes utilizamos como lectores. Yo era muy chiquito cuando mi viejo me dijo que la frase del griego significaba que lo que sabemos, comparado a lo que nos falta saber, era siempre nada. No cambió mucho esto.


Yo intenté saber y, como muchos y más de la cuenta, durante bastante tiempo me dediqué al absurdo acopio de conocimientos, como haría cualquier hombre con monedas de oro si creyese que la riqueza consiste en la suma de ellas. De todas las cosas que aprendí, afortunadamente, la mayoría me han sido provechosas, pero es también verdad que muchas me han sido una carga, sobre todo porque en un punto es preciso desaprender lo que alguna vez con esfuerzo se asimiló. Desestimar ciertas monedas, ciertos lingotes, son el precio necesario que se paga para comprender eso que de verdad se busca.


Libre de la carga que representa ser un representante de algo para alguien o para muchos, pude comenzar a leer - los libros, los gestos, la gente - como se leen los pentagramas, incluyendo vibraciones y silencios, pausas y aceleraciones, tratando de interpretar la voluntad del autor, sin imponer el gusto o la tendencia del intérprete. Reconocer que uno recién ha comenzado a andar el camino ni siquiera es humildad, es, si se tiene la firmeza necesaria, reconocer que antes que llegar a ser admirado a uno le queda todavía demasiado por admirar. Y esto es tremendamente maravilloso. ¿No te parece? 

martes, 10 de enero de 2017

La fuerza y la violencia


Habría que saber categorizar a la violencia y no caer en sobrevaloraciones o subvaloraciones típicas del mercado.

Sin entrar en precisiones ortográficas, ni profundizaciones lingüísticas, un ejemplo sería la distancia que hay entre maldad y crueldad, y ahí te dejo picando toda la onda teología del bien y del mal, versus toda la onda filosófica de la crueldad.

Como se ve, cualquiera maneja opuestos y complementarios, pero siguen siendo pocos los que manejan ese concepto de "ángulos suplementarios", del cual son posibles un montón de extrapolaciones como la de los templos de Corinto, justamente, que vaya uno a saber dónde queda.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Aquí, desde la forma


Aquí te puedo demostrar que los colores
no son la suma ni la resta que se aprende
en aulas llenas de un dolor que no sorprende
por falta clínica de auténticos valores.

Aquí convierto lo banal de los temores
en nafta cara que se sabe y se comprende
humana y grave, como un fuego que se extiende
quemando insomnios, el lamento y los pudores.

Y soy de mí como los pocos carenciados
que siguen solos sospechando es lo correcto
blandir el arma que les dio naturaleza.

Haciendo honor a los desastres provocados
con poca pompa y dibujando lo imperfecto
de ser, aquí desde la forma, una tristeza.

***
Fotografía de Sergey Zolkin

lunes, 19 de diciembre de 2016

Primaria


Si no te enamorabas no valía,
el dolor era inútil, no tenía sentido,
ibas como un vulgar y triste incomprendido
a vivir lo que otro viviría.

Pero si su mirada te podía
cada mañana ibas bien puesto y decidido
a dar la talla, a ser el escogido,
ganarte su sonrisa - tu máxima alegría -.

Persistiendo con saña - eso gusta a los dioses -
alguna vez al año podías acercarte
cruzar los territorios y sentir su contacto.

El corazón, entonces, se pronunciaba a coces
sin saber decir mucho, sin conocer de arte,
totalmente arrobado por su inefable tacto.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Cada cual se merece


Apenas huesos breves y sin grasa
que le arrope durante los inviernos,
todo manos cansadas de fatigar cuadernos
y oculto entre los ojos algo más, una brasa.

A veces, la mañana - sin gente,  sin la masa -,
los perros y el fusil carcajeando infiernos,
decían su alegría sin gobiernos
de horarios y de formas de la casa.

Todo fue entrenamiento de cazador y presa
de tomar y dejar, de ser y no fingir
de escapar cuando toca, y de amar, sobre todo.

Hirió como le hirieron. Si fue cruel no le pesa
ni si dejó de serlo; "todo sólo es fluir"
dice y que "cada cual se merece a su modo"

viernes, 9 de diciembre de 2016

Gavrí Akhenazi - Animal de tormenta


Ficha del libro
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Título: Animal de tormenta
Autor: Gavrí Akhenazi
Editorial: Lulu Editores
ISBN 978-1-365-25428-4
Nro. Páginas: 226
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Animal de tormenta
por Silvio Manuel Rodríguez Carrillo

Apenas comienza la novela leemos que "Uno no es otra cosa que sus consecuencias.", y entonces la pausa que uno hace como lector, mientras el demiurgo aprovecha y comienza a acomodar la historia antes de seguir, páginas después, con un "Es imposible reprochar a la vida lo que uno eligió hacer en ella y si ha juntado rivales y jueces en sus puños, trabajó para ello en una u otra forma." Sucede la reflexión, de golpe, espontánea, y esa reflexión originada desde lo muy particular se convierte en general, universal. Esta sucesión de reflexiones es lo primero que destaca del libro.

Ahora, estas reflexiones a las que arriba Aryiasz, el protagonista, muchas veces se dan lugar en la proximidad del otro protagonista, Benedict. Sí, dos protagonistas, que son dos y uno, merced a un desdoblamiento excluyente de bipolaridades o de cualquier trastorno de personalidad, pero sí exigente de complementación como suplementación cuando el caso lo requiere. Aquí, antes que pensar encasilladamente en sistemas de opuestos, cabría tomar al personaje desde las posibilidades paradojales de la vida como él mismo marca: "uno recupera el miedo a morir cuando encuentra cosas por las que vivir, que son las mismas por las que moriría gustoso."

Hasta aquí estoy hablando de un libro que ofrece planteamientos a todas luces filosóficos porque, justamente, cuestiona y se cuestiona el último porqué de ciertas condiciones humanas. Pero, como dice el refranero en ese ámbito, "primero vivir, después filosofar", y entonces, ¿de qué vivencias parten estas interrogantes? Pues de la trama exotérica - perdón por el término - que se expone, la cual gira alrededor de un atentado terrorista que en su momento - quizás pudo haber sido evitado, y después - seguro pudo haber sido resuelto de no haber mediado una intencionada inoperancia por parte del entonces gobierno de turno.

Un cambio en el escenario político genera la posibilidad de que el caso de aquel atentado, ocurrido décadas atrás, pueda ser revisado por nuevos ojos y avanzar en la investigación, siempre y cuando  alguna mano experta pueda hacer que esos nuevos ojos accedan a cierta información. Como se desprende, todo es riesgo por arriba, debajo y alrededor de "la historia subyacente", y por eso también todo es un planteo acerca de la validez última de ciertos valores, o códigos, o de si la validez de los mismos es absoluta o relativa, siendo el más básico de ellos el de la fidelidad.

"Animal de tormenta" es una novela densa, emocionalmente angustiante  e intelectualmente dramática, en la que el protagonista se ha cuidado de transcurrir teniéndose en cuenta como único referente, fiándose sólo de sí, debatiéndose consigo mismo "durante" su entorno, hasta arribar a un desenlace en el que habrá de sopesar variables terribles como impunidad, venganza y equilibrio. Apoyado en esa prosa poética que lo caracteriza, Akhenazi nos invita al cuestionamiento, a leer lo que se oculta en las entre - líneas noticiosas, como también a entender aquello que sale en la T.V. y que muchas veces supera nuestro socialmente manipulado sistema de creencias.

Enlaces de interés:



Otros libros del autor que he comentado:






jueves, 8 de diciembre de 2016

Vuelvo hasta tu nombre



Para llegar sin faltas a la extrema corona
hay que saber llegar al final de la cruz,
pero para arribar al fondo de mis ojos
hay que haber conocido lo que encontré en los tuyos.

¿Qué playa sin gaviotas, qué plaza sin ancianas
muerden entre mis labios ahora que la tarde
se agolpa moribunda, tibia y crepuscular
adentro de mis dedos luchando contra el frío?

Hay que centrarse, digo, y vuelvo hasta tu nombre
como suelen* volver víctima y victimario
al lugar de los hechos, a donde todo duele.

Y del libro retorno a los cristales líquidos
buscándome en ausencia de bocas y perfumes
por ver si me exorcizo del verbo que nos busca.

martes, 6 de diciembre de 2016

No te asuste el giro


El humo en espiral que trepa y me relata
la dimensión inquieta que protegen los niños,
el sonido rugoso del agua cuando gira
alrededor del nudo que define mi cuello.

El color de mi whisky si te sabe desnuda
sosteniendo en tus ojos todo eso que no fui,
el silencio preciso recorriendo tu boca
cuando apago la luz comenzando un presente.

Todos estos instantes que suenan tan exactos
- porque jamás se dicen, porque son los que ocurren -
los parí soportando siendo siempre el culpable

sin jamás ser la víctima; si un excesivo arrojo
también marca las huellas que dejo en la pared
no te asustes del giro, es Roma contra Andrea.