viernes, 29 de abril de 2016

7. White horse

La conocí después, o a tiempo. Y la recuerdo casi en presente, con su manera de ser sonrisa que para mí tenía algo de inexplicable, como los puentes. La sentí cercana de algún modo, quizás la edad, eso de llevarnos un año y tres meses, o eso de haber habitado el mismo vientre y tener los mismos padres, yo no sé, como diría Vallejo. No miento si mi primera memoria consciente de la risa y la alegría es su cara, y hay por ahí una foto que lo puede certificar. Quizás ya de niña era mujer y vida, fruta sin estación.

Aprender es cruel, para los humanos no es cosa dulce eso de aprender. Hay una distancia entre jugar y ser juguete que Sarah me enseñó, o que aprendí con ella. Sarah usaba suecos y le gustaba jugar a la maestra, yo usaba sacachispas y me gustaba jugar al fútbol. Yo odiaba la escuela, y desconozco qué sentía Sarah por el fútbol, pero de algún modo, Sarah era la profe y yo su alumno; la pizarra, la puerta de un indecible placar. Esto es, Sarah anotaba las lecciones y yo, sentado en frente, le seguía las indicaciones tal como en la escuela.

Uno ni se da cuenta, que es lo peor, o lo mejor. Pero en este repertorio de cosas confusas no falta nunca quien quiera sumarse, como sucedió una vez con el viejo y una botella de whisky. Había una botella de White Horse, sí, esa que tiene un caballito tallado, o lo tenía al menos, en la que se enfriaba el agua en la heladera, y la misma se dejaba sobre la mesa en la que almorzábamos. Al caballito nadie le dio bola nunca, y quien sabe cuántos almuerzos pasó ahí en un tranquilo anonimato hasta que me fijé en él.

No sé por qué impulso extendí la mano y dije que “el caballito me mira a mí”. Menos voy a saber qué más raros impulsos hicieron que Sarah salte como escopeta y dé vuelta la botella diciendo “el caballito me mira a mí”. Se produjo un ida y vuelta cruzado de dos o tres me mira a mí, con el viejo a la cabecera, Sarah a su diestra, y yo a su siniestra. Entonces el viejo, jugando a Salomón sale con un “el caballito me mira a mí” colocando la botella con el caballito en dirección a él. Lo odié concienzudamente.


Como el viejo era la máxima autoridá, nada que hacer y nada que discutir. Ahí vos te callás, vista al plato, te tragás tu rabia y que la vida siga. Las clases con el placar como pizarrón continuaron, y el episodio del caballito no volvió a repetirse, de repente Salomón hizo eliminar la botella y apareció en su lugar alguna jarra, no me acuerdo. Sin embargo, me parece que por este tema del caballito aquello del “yo lo vi primero” siempre lo entendí como una broma boluda, que cuando la escucho me emputa un tanto, sin que nadie sepa por qué.

miércoles, 27 de abril de 2016

John Steinbeck - La fuerza bruta


Como aquella canción de Bono con los The Coors, When the stars go blue, o algo así, ¿no? Ese momento en el que por fin ya sabés casi todas las posibilidades de reacción y, justo ahí, el posible reaccionante deja de estar. Es entonces que todas las predicciones se te caen, no por tu incapacidad de predecir o, mejor dicho, de prevenir tales y cuales ángulos de luz, sino por olvidar lo más básico: que esa luz pudiera dejar de estar. Entonces no es la estrella que muta a un azul triste, sino que muta a ausencia, a algo que fue.


Cuando la ausencia se hace presente a su manera, casi inextricable, casi inaccesible, toda ella infinita de códigos que van desde el absurdo hasta el equilibrio más idiota, con toda esa carga irracional como teológica, y de esfuerzo teosófico y de sandeces metafísicas que te obligan al despilfarro muscular como a la más alta de las borracheras, es cuando también se da la oportunidad, tantas veces única, de la prescindencia, de la completez de prescindir. Como si al no tener a quien hablar se te despierten, mágicamente, los oídos, a pesar de recordar continuamente el sonido de su voz susurrando notas.


No sé, quizás, al final, como al principio, todo está sólo en nuestra cabeza. Quizás todo sólo sean cosas que están en la cabeza de todos, las ideas del tiempo, las emociones, las sensaciones nerviosas, y todos los engaños y todas las certezas no sean más que acomodamientos de algo cercano a una imaginación que comenzamos a comprender, y de la cual nos alejamos cada vez que no aceptamos la absoluta despertenencia del que tenemos al lado aunque adoremos su supremacía de cualquier tipo. Puede que ese primigenio deseo de pertenencia sea el disfraz perfecto de un vulgar deseo de sujeción.




domingo, 24 de abril de 2016

El alto arte

Camino y pierdo las consignas del pasado:
las luces rotas arañando callejones
los gritos roncos que quisieron ser canciones
incluso el miedo todo herido y malogrado.

Sostengo el rostro a lo que viene, a lo buscado,
que corre y vuela alrededor de mis canciones
marcando el ritmo, la cadencia sin ficciones
que ejerzo al ser de mis heridas su egresado.

Y quedo al frente de mis manos si te llaman
y al fondo oscuro de mis ojos si al nombrarte
respondes quieta, murmurando, que te espere.

Así te elevo mientras otros te reclaman
las noches frías que precisa el alto arte
de ser por vos inextricable miserere.


sábado, 23 de abril de 2016

Mi nombre fugitivo

Ahora que tus ojos me miraron
el paso sin temblores, la mano sin caricias,
como un halo que pasa de diez mil injusticias
sin darle envergadura a lo que le robaron.

Ahora que sentiste los colores
que luchan contra el negro de mi oculta mirada
despreciando los gestos de la cruz y la espada
mientras recorro y quemo sembrados de dolores.

Quizás te quede el miedo y la certeza
de ser imprescindible entre mis labios
como una luna roja sobre un desierto vivo.

Y entonces te resignes a la extraña belleza
de sonreírle al pulso que dijeron los sabios
al ver entre tu pelo mi nombre fugitivo.

sábado, 16 de abril de 2016

6- La revelación

6- La revelación

Supongo que para aquel entonces ya habré tenido al menos un par de esferas. También supongo que ya veníamos jugando ahí en la escuela, pero la verdad que no recuerdo nada antes de aquella mañana en la que ocurrió la revelación, y hoy, tan sólo puedo deducir detalles de ese día; como que necesariamente habré tenido que vestir el uniforme (short o pantalón azul) y una especie de camisa a cuadros que parecía de presidario. También te pongo la firma de que llevaba medias de toalla color blanco, y championes Forward, tipo botín (los de loneta negra y de suela blanca).

La cancha se había volcado hacia la derecha, debido seguramente a que la mayoría de mis “compañeritos” eran diestros y estábamos en posesión de la esfera llevándola hacia arriba, empujando hacia la mitad del terreno, mientras el otro equipo aguantaba. Que yo esté sólo por la izquierda debió ser porque no estaba muy entendido en el lío, o a que a lo mejor lo entendía y no le encontraba sentido, o a las dos cosas, y que a eso le sumé que si me metía lo más probable era que iba a ligar una patada y el tema terminaría en sopapos.

El caso es que del enredo aquel la esfera se salió disparándose hacia mí. La vi venir y no sé cómo ni de dónde, pero la bajémpujé (así habrá de escribirse) con el pecho hacia delante, y al levantar la vista encontré un claro enorme hasta el arco. Fui otro, directamente. Corrí llevando la esfera que parecía reírse, jugar conmigo, y yo sentía una cosa que no podría explicar, no sé, Pitágoras con sus triángulos o Fernando Alonso con el volante de su Ferrari 2011, al tiempo que de reojo capté a la turba viniéndome encima. Y el arco al frente.

Cruzado, se dice. Y me parece que ahí me curé del “me payece que me duele mi pie”, porque la esfera chutada desde un empeine zurdo fue de izquierda a derecha, y de abajo a arriba, cruzó el arco al tiempo que mi grito de gol me llevaba a un estado como de inconsciencia y de por fin estar en la tierra, entre la gente, entre mis “compañeritos”, que me abrazaban, me palmeaban, mientras yo todavía podía sentir la esfera viniendo/ el campo abierto/ el cruce allá arriba cerquita del palo/, como todo al mismo tiempo. Y encima los otros, contentos.


Dicen algunos que el trabajo de los niños es jugar. Yo comencé a trabajar con la esfera, y mierda que era dedicado, me mataba trabajando, si me dejaban, trabajaba hasta por las noches. Aunque todo trabajo tiene sus recesos, y ahí entraban el Polibandi y el Tuca’ê, (en mayúsculas) ligas menores, que entre sus particularidades incluían el aceptar a mujeres, lo que conllevaba otras variables. Porque, cosa una cosa mujeres mayores, cosa MUY otra, hembritas de tu edad. Yo lo intuía, pero había que vivirlo. Poder decir en algún punto de la vida, no lo leí, estuve ahí, ¿se me entiende?

viernes, 15 de abril de 2016

Tengo este futuro mordiéndome los ojos

Alguna vez, otoño de puertas sin abrir,
me tocó tropezar con la tarde astillada
de recuerdos ardiendo su nombre solitario
- yo perdido en el duelo del sol con mi penumbra -.

También, el levantar desde el suelo el peligro
de su mirada inquieta, y amoldar el torrente
de su cintura escasa al hambre de mis días
mientras alrededor cantaban nuestros nombres.

Tuve muchos pasados de cenizas y sangre
que no suelo decir y que busco encriptar
en esa mi sonrisa que ven en los espejos.

Y tengo este futuro mordiéndome los ojos
apretándome el pecho, jugando con mi boca,
por si acaso comprenda lo que no fui con ella.



5- Henrrieta

5- Henrrieta

Dura, era dura. De repente en navidad, o en algún cumpleaños sonreía, pero yo, al menos, jamás le escuché una carcajada. Tenía el tono de voz más bien mandón y áspero, y hasta amargo, antes que ácido, quizás por aquello de haber perdido al primer marido en la guerra, quedando con dos hijos a cargo, quizás por separarse del segundo y quedar de nuevo sola y con tres hijos más, con el desgaste y al tiempo fortaleza que eso genera, como los callos que salen en los dedos del músico que ejecuta un instrumento de arco y cuerda, de tanto practicar.

“Las mujeres no valen nada, y los hombres son oro cu’í”, solía decir; y de mí, que tenía “el pajarito de brillante”. Yo me sentía incómodo con estas afirmaciones, que las manifestaba en cualquier momento y lugar, muy lejos de un tono sereno, más bien con claro desprecio hacia las mujeres. También estaba el tema del color de la piel, no le iba la morochicidad. Los no blancos iban tachados de movida, tengan el currículum que tengan, bajo el título de “negrito/a chavi’í”, que traducido sería algo así como “relleno obviable del paisaje”. Y sí, mi abuela era machista y racista.

Por lo dicho, ejercía el matriarcado con ideas cerradas, pero indiscutiblemente claras, de manera que no cabía el “yo creí qué”, “yo pensé qué”, y menos el “yo no sabía”. En así, cuando establecía una dirección, no dejaba alternativas, era esa o te jodés. En este panorama de rigidez absoluta, el cultivo de un croto se constituía en un conflicto, porque a Henrrieta le gustaban las plantas y, como el patio era enorme daba para el cultivo de todo tipo de plantas, y las plantas, todas, poseen un poderoso centro de atracción para todas las esferas de cuero cocidas a mano.

Después de la primera revelación comencé a tener esferas, y el desarrollo de mis apti y actitudes conllevó a una guerra – sin querer - contra los crotos y, por ende, a un posible y terrible enfrentamiento con su propietaria, Henrrieta. Las primeras bajas causaron esa reacción mejor conocida como “plagueo”; las siguientes, simplemente un mirar a otro lado o el popular la vista gorda. Así que sin mayores intervenciones del otro lado, las acciones continuaron hasta que el patio se convirtió en cancha. De los crotos, hasta entonces variados en colores y tamaños, solo quedaron unas cuantas fotos tirando a sepia.


En las noches, casi al fondo del patio, ahí debajo de donde el aguacate se juntaba con el mango, Henrrieta tomaba su cerveza en una manija de porcelana blanca, me decía “tomá fondo blanco”, y yo me bebía la espuma. Nos quedábamos así, hablando apenas, como compañeros que no necesitan hablar, que están bien sintiéndose cerca. A veces, algo que yo decía le provocaba risa, otras, lo que le contaba generaba una sentencia o un consejo. Fui siendo su querencia… La acusación, tan humana, vino después: “claro, vos sos su favorito”, y yo, sin entender, respondiendo “No ¿qué decís, por qué?

miércoles, 13 de abril de 2016

Ray Bradbury - Fahrenheit 451

Si decimos hombre decimos ser capaz de enamorarse perdidamente de quien podría no corresponderle jamás. Decimos animal capaz de levantar una torre más allá de las posibilidades de su propia comprensión, capaz de presenciar la caída de esta, y capaz de levantar una aun mayor. En hombre está también ángel, dios, demonio, madre, sorpresa y maravilla de lo único en un medio común. Nombrar al hombre es nombrar a un animal que puede querer como ningún otro animal; uno que puede dejar matarse y matar cuando lo que piensa y lo que siente son una misma cosa que  se lo exige.


Yo, que vengo jugando a ser un hombre, sé que me he venido quedando cada vez con menos gente alrededor. Como también sé, al igual que los pocos que me rodean y los muchos de los que me he separado, que toda lejanía y que toda cercanía ha sido y es deliberada, como un resultado natural de ciertas aptitudes y ciertas actitudes propias y ajenas puestas en interactuación. Cuando uno se miente haciendo suyo principios ajenos con los que no concuerda absolutamente, más allá de la consecuente hipocresía emocional, tan solamente posterga el ahogamiento usando flotadores por evitar aprender a nadar.


No hay mayores inquietudes, justamente porque al igual que yo, más tarde o más temprano, hay gente que también aprende a verla venir, y entonces sí, tropieza dos veces con la misma piedra, incluso tres o cuatro, pero hasta ahí. Pues hay gente que abandona "el hábito" de ciertos errores, como el de responder a la maledicencia de los carenciados, el de contestar a las provocaciones de los tullidos emocionales habituados a defender las propias desgracias como estandartes ante los cuales ni existen mayores desgracias, ni existen palabras justas de amable consuelo. Hay quienes desestiman, desde su piel humana, cualquier Fénix.


lunes, 11 de abril de 2016

73. La diferencia que condena

73. La diferencia que condena

"Agradó a Dios y fue amado, y como vivía entre pecadores, fue trasladado."
Sabiduría 4:10

Mírame cada marca que dejaron los años
arrugando mi rostro, mis dedos andariegos
y aprende a valorar si enarbolé los egos
de las crías que tengo, a golpes, sin regaños.

Aplaude mis errores y todos mis engaños
que por haber calmado sus mil desasosiegos
tan sólo entremezclando disciplina con juegos
les provoqué dolores privándoles de daños.

Agradece lo injusto de que siga tranquilo
con mis furias y fobias y mi no ser de nadie
con mi manía y modo de despreciar las normas.

Quizás por eso lata dibujando un estilo
que desgrana la vida y lo que de esta irradie
cuando el tiempo se curve y ya no queden formas.

sábado, 9 de abril de 2016

4- La no duda

4- La no duda

Los días pasaron y al final Kija, la profe, pasó a negociar, dado que yo no sabía cómo hacerlo y lo único que podía hacer era encerrarme entre mis brazos sobre la mesita y dejarme ir a no sé dónde hasta que sonara el timbre, aunque ya sin llorar ni emitir ningún sonido. Tampoco prestaba atención a lo que pasaba alrededor, sólo me concentraba en nada, tanto así que sólo recuerdo vacíos negros. Hasta que llegó ese gesto de ligera presión de dedos sobre uno de mis brazos, para luego encontrar a mi lado unas crayolas y una hoja de papel.

Escuché entonces burlas, y como respuesta una advertencia de Kija. No puedo decir qué verbalizaron una y otra partes, pero sí puedo estar seguro de los tonos, que los entendí instintivamente como cualquier animal despierto. Sentí que se había planteado una tregua, y cacé el trato. Con mi aceptación Kija se hizo de la situación y todos en santas paces. Yo, aparte, y los demás a su ritmo. A partir de ahí me fueron dados a conocer aspectos que no me esperaba, la sonrisa espléndida de Kija, ese aroma suave junto con la rara calidez de su mano y su mirada.

Al poco tiempo me enamoré de Kija y, al parecer, los enamoramientos indefectiblemente te vuelven estúpido. De manera que yo comencé a salir de mi “zona”, y aquello denominado “interactuación con el medio” comenzó a operar. Como hablé, y hablaba mal, las burlas volvieron, y volvió de nuevo lo de cerrar los ojos entre los brazos y a ver a qué mundo me voy. Como ya estaba enamorado (que aparte de volverte estúpido, también te hace buscar salidas), encontré que no tenía sentido hablarle a Magy, madre de todo ese quilombo, así que le conté al viejo lo de las burlas.

“Al primero que te jode lo cagás a patadas ¿estamos?”, dijo. La verdad que con sentencias así uno se queda como pelotudo después cuando lee cosas como “la duda como método”, porque ahí no te queda una sola. De manera que al día siguiente yo voy, sin una sola sombrita de duda dentro, con las cosas claras. Y tal que justo aparece el padre director (léase con mayúsculas), que vaya usted a saber por qué me tocó la cabeza, y menos va a saber usted por qué me supo a me está jodiendo, y fue el primero en ligar una patada.


¡Mierda que se sintió rico! Recuerdo, creo recordar, un zarandeo de Kija, algo así, pero no tengo certeza. Sí recuerdo algunos posteriores, cuando ella venía a sacarme de encima a alguno de mis “compañeritos”, y se producía entonces la severidad de arrancarme de ahí mezclada con la suavidad de su aroma y yo sentía que todo estaba bien. Todo cambió, no más vacíos negros, era de frente, ojos abiertos. Supe la diferencia que hay entre ser apartado, y de que se aparten de uno, y me cupo. Las facturas vinieron después, una y otra vez. Las pagué, e incluso di propina.