domingo, 7 de septiembre de 2014

Esta distancia indócil



Parece una armadura risueña o altanera
que me aparta de todos para poder de lejos
acercarme tranquilo al desastre gregario
que constituimos todos los que seremos hombres.

Pero sólo es mi ermita, mi silente disfraz,
desde donde escudriño las más secretas cifras
y a cada gesto mudo que deviene en una lágrima
le asigno una ecuación narrándome el ahogo.

Sé que me agoto y muero un poco cada vez
que apartado me explico el porqué de lo triste
desde mi ventanal de caricias carente,

pero sospecho a solas que si puedo conmigo
quizás otro consiga sin yerros arreglar
esta distancia indócil que nos puebla y desnutre.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Hastiado me marché



Como una plastilina en manos de un orfebre
muté desde la forma de pasar lo nocturno
hasta la hora precisa de comenzar lo diurno,
pasando de ser chita a una mediocre liebre.

Me tragué lo orgulloso y bajé la cabeza,
en honor a la apuesta que me tuvo ahogado
con la boca marchita y mi verbo amargado,
seguí un par de consejos y venció la tristeza.

Aguanté cuanto pude maltratos egoístas,
la fiera dentellada del reclamo constante
y ser el santo y seña de lo sórdido y bruto.

Hasta que vi el error de negarme conquistas
por ceñirme a un terreno de vulgar mal talante,
y hastiado me marché a burlar lo absoluto.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Lo heredé de mi viejo

Lo mío no es paciencia, sino una tozudez
capaz de abandonarse al goteo sin fin
si acaso se decide a perforar la mente
que le resulte en trabas para eso que persigo.

Lo mío no es violencia, sino darse los modos
cuando la grasa influye en los actos ajenos
y se hace necesario destruir toda historia
para erigir entonces un futuro impecable.

Todo esto lo heredé de mi viejo y a solas,
sin que nadie me explique que la sangre no es agua,
sin que el psico de turno me dispare preguntas.

Repetí y me repito incluso ya cansado
la parte que me sirve para ser lo que soy
más allá de los plagios y lo que invento cruel.

martes, 2 de septiembre de 2014

Hay el para qué

Hay un eco en mis manos sosteniendo tu nombre,
una tristeza simple acurrucada y muda
detrás de mi garganta que se calla el pasado,
y una canción tranquila que te imagina cerca.

Hay una noche inquieta de calor y bichitos
agolpándose fieros detrás del ventanal,
un dolor reprimido que sin victimizarme
me aleja un poco más de cualquier gesto burdo.

Para que así me encuentre con el balance abierto
marcando los vacíos que tanto significas
y que yo simbolizo desprovisto de formas.

Para que nuevamente me acompañe la luna
en este juego inútil en el que siempre vences
con tu voz que no llega y mi piel que zozobra.