miércoles, 19 de noviembre de 2014

Sigo siendo



Yo me caigo fácil
y reboto sencillo.

Me rompen los dientes en un saludo
mientras yo, anciano, mantengo mis ansias
al límite de los almanaques.

Con un gesto, frase o mirada
arranco la alfombra roja del suelo
y escupo sobre el ropaje que cubre
esa desnudez sencilla que alienta a mierda.

Si me compadecen
o me admiran
es algo que me importa mucho,
tanto, como a la mayoría le importa
qué siente el desconocido de siempre,
- ese que tiene un rostro ignorado
y un nombre que no se puede verbalizar -.

Me canso
y me repongo desde la risa
de correr de mí y hacia mí,
me repongo y me abastezco
de un sueño que tuve y te nombró,
con el cuello más allá de las citas
que dicen los doctos y que escupen
desde el púlpito los no aptos para el fracaso programado.

Yo soy dispersión - ¿recuerdas? -
el grito que desafía a su posibilidad de paz
porque en el ego no encuentra destrucción
sino al potro más hermoso de domar sin ayuda.

Sigo siendo
la sintaxis que no se persigna
ante las formas que admira impunemente
y sobre las que defeca sin posibilidad de lástima.

Y en esta pulsión, ridícula, inexacta y precisa
siento que no necesito ni necesité nunca a nadie
para desafiar a la estatura del tiempo
con la poquedad infinita e inasible
de mi boca en tu cintura.

domingo, 16 de noviembre de 2014

La canción siempre secreta



Sonidos, luces, y la calma que me aprieta
la vana historia de una tarde en la que pierdo
el gesto frágil  del cariño hecho recuerdo
ganando así mi condición de ilustre grieta.

Destrozos, puños, la canción siempre secreta
cantada a solas desde el lado de lo izquierdo
con todo el público mirando el desacuerdo
que soy conmigo si tu voz no me completa.

Ya ves, no soy más que la herida que se dice,
un verbo cierto que por duro nos separa
y a cambio entrega la inquietud de lo vivido.

Un alguien roto que pretende simbolice
tu nombre el suyo, tu caricia la más cara
mención sin sombras descubriendo lo perdido.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Sun day



Entonces era puro y sencillo el Adriático
con un aroma a sal primera y juguetona
llenándome el cabello de silencios tranquilos
porque yo era en la calma una luz tras las puertas.

Pero vino ese dios y reposó
en lugar de un domingo y sólo uno
millones de semanas y por siglos
como si no tuviesen ya valor
la palabra empleada, las promesas.

Continué caminando
callándome la queja sin respuesta posible,
perdiéndome sin ganas en esta realidad
que con esfuerzo anciano apenas la concibo
como un juego de pérdidas y ganancias vulgares,
donde pierdo mi voz
y de la ausencia gano su peso y su desgarro.

Dios también juega, pobre, completamente sordo
se le caen las fichas del tablero
se le escapa la suma y resta con errores,
mientras yo, sin apuros
enciendo los carbones y dispongo la grasa
encarando su cielo y los huesos mirando
lo rojo del infierno.

Bebo cerveza; escruto la idea del cronómetro
recordando clepsidras en mis tiempos de Abdera,
atisbo la cojera indemostrable
que unos pocos cristianos decidieron divina,
atizo el fuego y vuelvo a mirar a las brasas
que resultan palabras que nunca se mencionan,
y me sostengo solo por afuera de amigos,
de visitas horribles que rían lo fraterno
desde la cima inútil de tener a la mano
alguien con quien llorar.

Fumo sin olvidar lo que tanto se ha dicho
que ensucio mis pulmones
-que hasta me vuelvo impuro-,
"pero no es lo que entra"
y es aquí que me río
de leer y saber lo que nunca fue gratis,
y también esos panes consagrados
y el hambre y el ejército
y un cigarrillo más, y otra cerveza más,
porque es domingo y yo nací para los viernes.

Ahora algo me dice que detenga
el discurso de fe sobre el absurdo,
que voltee la página y me centre
en las horas que quedan por vivir
entre tanto vacío adornado de nadas,
que distienda mis músculos y fluya en el error
de pensar el afecto de un dios equivocado,
pero sin testimonios arañando un papel
sin esa vanidad del estilo y la saña
que marchitan al sol y destiñen la luna
que vos no generaste, dualidad,
que se te escapan siempre de las manos
como un río de aire que burla los espejos
y se te arremolina
al costado inasible de los ojos,
ahí donde no llegas y que buscas
como sabiendo con certeza casi
que no existe otro sitio sino aquel que no ves.

Otra cerveza ahora, ahora otra cerveza
para que la tensión te gane la mirada
y de nuevo los hielos en los gestos,
la precisión autómata de los momentos justos
que no compartes nunca por creer
que todo va de cerdos y de perlas,
porque masticas miedos y rencores
al intuir que alguien
pudiera también ser estar y parecer
del lado sin colores de los días,
porque está la sospecha de que nunca fue igual
ni para tu osamenta ni para la que llevan
los que esperan las luces
que no sabes mostrar sin destruir.

Se cae, pobre dios, borracho y solo
en toda su creación,
ya tan viejo, tan ciego que no puede
ver a sus hijos, ebrios como él,
llenarse los pulmones con pólvora y acero
-el humo pesa poco-
comer hasta engordar como vacas estúpidas
-el alcohol alivia tanto el hambre-.

Pero está, siempre está
donde estén dos o tres reunidos en su nombre,
y aquí cerca, en la esquina, hay un montón
cantando con micrófonos, parlantes
guitarras y panderos el domingo,
y la grasa danzando el crepitar
de su beso de entrega sobre el fuego,
la cerveza que cambio por un whisky
y acompaño con humo y nicotina,
la voz que determina no me calle
la que ordena el silencio primigenio,

todo esto que me hunde y que me eleva
hasta el dolor del cuello,
hasta apretar con ansias los dientes
y obligarme a sentir
una paz de mil filos, un respiro
de gatillo que así va prescindiendo
de motivos y crueles circunstancias.

Pri hi d fu



Todavía le queda en el pecho un espacio
para el gesto tranquilo de un esfuerzo mayor
atizando la fragua, su luz y su calor
mientras avanza en calma, veloz, jamás despacio.

Todavía soporta el peso de las vidas,
con el suelo vibrando todas sus amenazas
y el cuello encarnecido por las duras tenazas
de tantas horas blancas por el vulgo perdidas.

Ignora nuestro anciano cuál el primer origen
no alcanza a vislumbrar el último final
y de todas maneras intuye la espiral

a la que aspira asir al fondo de sus ojos
mientras pasa sus manos sobre el oro del trigo
escudado en la ley de la que se hizo amigo.