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sábado, 12 de diciembre de 2009

La muerte de Quinteros



Desde que Quinteros ha muerto he tratado de hacerme a un lado del raudal de violencia; cuestión sencilla si uno es un tipo tranquilo como resultado de un montón de cosas tranquilas en un montón de edades diferentes, pero cuestión casi imposible para un tipo que de tranquilidad lo único que tuvo fue la T te pego antes de que jodas. Y no he podido; sí, con la violencia de un punto seguido no he podido, con la anormalidad de un “sí” en donde debiera haber un “no”, no he podido por propia decisión, por eso que te viene del hartazgo después de haber intentado mil veces cosas parecidas y no haberlo conseguido jamás por fregarlo todo al último momento. Naturalmente no puedo sentirme culpable de mi propio fracaso en el intento, ni tampoco puedo sentirme feliz por obedecer a lo que me viene dictado desde antes de mí como un argumento axiomático que no vale la pena discutir; pero me queda, al menos, esa suerte de anestesia que alguna hormona libera cuando las piernas, las manos y, sobre todo los ojos, han recorrido el límite de lo ajeno y lo propio, del bien y del mal, de lo terrible de la belleza y de lo emblemático del absurdo hasta la náusea y el vómito apenas decibles.

Entonces la cruz del norte tendiendo sus dagas de rescate, esas palabritas chiquitas de consuelo, de razonada paciencia en un tono de arrorró mientras uno defeca pirámides econométricas y convulsiona al ritmo de gritos en la cocina muy tarde en la noche, esa vocecita “de aliento” que viene precisamente de quien no tiene ni puta idea de qué carajo está pasando dentro de la armazón de piel y huesos que se porta – en ese momento – sin tampoco tener idea de por qué o para qué, pero que se lleva, que se arrastra y que se arroja a los días y a las noches como si acaso tuviesen ese llevar, ese arrastrar y ese arrojar alguna posibilidad de sentido, de almanaque provisto de solsticios y fechas de guardar, y fiestas de tirar, de puntos justificables en la locura de un ángel ebrio o en la cordura de un demonio arrepentido. La voz sigue hablando, las palabras siguen brotando del monitor, y hay alguien detrás de la boca, y hay alguien detrás del teclado, y no es posible detener al alguien, al ente que embadurnado de humanidad nos repite hasta hacernos odiar la humanidad cuán buen ser humano somos en el fondo, y cuánto más buenos podemos aún llegar a ser. Y “escuchamos” condenadamente al “otro” hablando de “uno”.

Después es la cruz del sur latigando su irrazonable realidad, los testimonios del asco y de toda la infamia como infecciones que estallan en los ojos y que supuran por las manos asidas del vocablo que intenta huirles, aterrado, por la destreza grave de una danza extremadamente cruel donde bailan al unísono la borrachera de lo que estando prohibido fue violado, junto con la sobriedad de la mentira ataviada de virgen, perfumada con el aroma del culo sudado de la más vieja y granulienta de las putas en la más agria y calurosa de sus noches, aquella en la que prevalece por el peso de su historia y no por el peso de sus encantos. Momento del poco es mucho por que la nada es condición, del “esto es lo que hay” porque la imaginación no alcanza para tanto destrozo, momento del no momento, de agarrar por donde se pueda y tratar de no estar ahí, de no ser ese que está ahí y que sin embargo está, porque no hay nada, absolutamente nada en su vida que no haya estado siempre diseñado para que esté ahí, a merced de un sur que “se” burla y “se” llora realizando la imposibilidad del gesto que lo mute, sentenciando la impotencia de quien lo percibe por no querer mirarlo.

Habría que entonces, tendría que entonces, deberíamos entonces, definir los muelles y las amarras, el inicio y el fin del paraíso; cuándo comienza y cuándo termina el silencio, o el sonido, ir aprendiendo lo que envuelve como burbuja de la que no es posible salir, ir palpándole las verrugas a la piel que no podremos atravesar, ni vos - que son ustedes -, ni yo, - que soy ustedes -, hasta lograr esa estupidez lógica que algún imbécil describió como emisor y receptor, que nos vendieron en el norte y en el sur al mismo precio: la tontera de la pretensión de un éxtasis sencillo comunicado en cuotas. No se puede, no es posible. Somos el uno para el uno, y el otro para el otro, y de eso se trata, salvo que seamos dagas o latigazos, cosas entre las cosas, o rosas entre los versos de un matemático que sonríe satisfecho tras copular con una cabra. Cabría pensar de otro modo, y es sabido que atestiguan sentirlo de otro modo, pero el otro modo implica fármacos, alcohol, subscripciones a revistas, a grupos de autoayuda, leer a Cohello, cagarse en Kant y, por supuesto y ENTONCES llevar, arrastrar y arrojar sobre el asfalto una vida normal, de esas que se viven entre los demás sin mucho pesar.

¿Quién dice cuánto llena o cuánto vacía alguien? Entre el este y el oeste tan sólo nos tenemos orinando sepias, chatenado alientos en el cambio de la mente histórica, diciendo lo negro de una habitación mientras masticamos la dureza de lo que no decimos por “no ser como los demás”. Pero somos “como” los demás, exactamente igual si asumimos las diferencias que nos asemejan, exactamente igual si exaltamos las divergencias, una idiotez encima de la otra, una humanidad encima de la otra, un montón de boludos de un lado frente a otro montón de boludos del otro lado, señalando, ambos bandos, al bando de los boludos. Casi hasta me suena feo, o iridiscente, y juego un rato a ser claro y distinto, o a ser confuso y común, me voy yendo en alguien o me quedo en ese mismo alguien para partir hacia mí, pero diciéndome, sin desnudarme jamás, como lo hacen los que tienen oficio en el arte de ocultarse sin mentirse, como saben los diez y siete cuando se les da la gana “sin” compromiso, pero “por” compromiso que se registra en la miseria del portador del mensaje, y en la que esplandece en el receptor, sobre todo ahí cuando ambos quedan sellados en la muerte de “un tal Quinteros”. Vaya a saber quién es.