viernes, 30 de agosto de 2013

Prisma - 2002

En aquel entonces (Año 2002) había contactado con Pepa a través de su dirección de correo electrónico que aparecía en el diario, y por su intermedio pude hacerle llegar a Esteban Cabañas una copia anillada de Prisma.

Ella me había advertido de que en muchas ocasiones lo había visto a Esteban arrojar a la basura los borradores que otros escritores le habían hecho llegar. Yo le dije entonces que si Esteban hacía lo mismo con Prisma, de todos modos estaría contento. Y claro, por lo menos habría logrado que se enoje.
Pasaron un par de semanas, y una tarde, luego del ajetreo del laburo, y la correspondiente visita diaria a mi hija, estando en casa suena el teléfono.

- Hola, ¿Silvio?

- Sí, Silvio habla, ¿con quién hablo?

- Soy Esteban Cabañas.

Tenía una voz firme, casi ruda incluso, pero amable. La voz que tienen los que saben poner y vencer distancias.

Hablamos poco; le dije que mi intención era que escriba alguna cosa "no un prólogo, sino ese tipo de cosas que van en la contratapa de los libros". Me preguntó entonces "Y decime, ¿lo pensás publicar así como está, en bruto?" En mis ojos interiores dos y tres miras hicieron blanco en el objetivo, le dije que sí, que así como estaba lo iba a publicar. Me contestó con un "Ok, lo haré".

Fue terrible, fue hermoso. Terrible porque no tenía a quién contarle mi contento. Hermoso porque un grande le había leído a un cara sucia.

En la contratapa de Prisma se lee:


El ganador del Premio García Lorca (1998), Esteban Cabañas, dice de Prisma: Un libro de poemas apretujado de palabras, despedazándose de palabras. Una voz que sabe arder, arrojándose a la llama de las palabras, mariposa aniquilada por un destino que no existe. ¿Es esta la metáfora que sólo llega cuando el final está cerca? Un libro habitado por aquel al cual se lo llama desde el atrás del tiempo. Hay ciertas músicas y detallados gestos de manos que se trazaron desde un alguien que le amó sin que lo supiera. Fríos puñales navegan por el torrente de su sangre. Puñal que corta el aire, puñal invisible, más intenso si se lo oculta, como buen instrumento sueña el momento de herir. Es su naturaleza. Lo suyo es un puñal y una tenaza sus piernas; su boca, prisión y muerte. Trató de escribir una lágrima en un diálogo sin fin, la obra estulta innegable, esa manía griega por los garabatos; trató de escribir un corral de cuatro lados con un montón de palabras, que será lo único que permanezca cuando su figura comience a desaparecer de todas las fotografías.


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