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domingo, 5 de enero de 2014

Aproximación tardía a él - Desenlace



Desenlace

Una semana después él entró a la consulta del brujo/mago, que lo recibió entre feliz y azorado, porque odiaba sentirse en deuda después de tantas décadas viviendo de acreedor, y porque así es que no sabía cómo conducirse ante quien le había salvado la vida sin tener motivos para hacerlo.

—Tengo un enemigo —dijo él.— Y quiero que muera.
—Eso es muy grave, hermanito —le respondió Chichimali. Lamentando entrever por dónde iría a pagar la deuda.
—Tengo un enemigo y quiero que muera ahora —dijo él, sacando un arma y posándola sobre su vientre como se coloca un halcón enjaulado sobre una mesa.
—Pero todo se puede hacer, aun cuando sea difícil —se apresuró a decir Chichimali, recordando de pronto la explosión del balazo en la chichería, los charcos de sangre, la cara de la Narcisa y la de la Carmen, y la que él tendría, recordando el futuro, si no le complacía a él.— Pero necesitaré una prenda, o un cabello, una fotografía también puede ser.
—Tiene su saliva —dijo él, extendiendo un ínfimo pedacito de metal.
—Sirve —dijo Chichimali, sintiéndose feliz por tan buen elemento.
—Necesito que muera ahora —dijo él, blandiendo el arma y apuntando al brujo mago.
—Pero esto lleva su tiempo, hermanito —balbuceó Chichimali, casi tan acobardado como la noche aquella en la chichería.
—Tan cansado —dijo él, suspirando y engatillando el arma, cansinamente decidido a presionar el dedo índice, a que de nuevo todo estalle contra una pared como mandan los tan aburridos manuales.
—Ya, ya, ahora lo hacemos, hermanito —dijo Chichimali, resignado.

El brujo/mago fumó tabacos muy negros, rezó oraciones aymaras, quéchuas y guaraníes, escupió, gritó, danzó en contorsiones horriblemente absurdas, se laceró los muslos, y hasta convulsionó por unos segundos con los ojos puestos en blanco con la espalda contra el suelo. Luego, lentamente, volvió en sí, con los ojos brillantes y una sonrisa vanidosa desacomodándole un poco el rostro. Se sienta detrás de su mesa y suspira satisfecho.

—Está hecho —dijo Chichimali. — En unos veinte minutos estará muerto, sea quien sea.
—¿Y cómo sabré si fuistes vos y no otro? —Le cuestionó él.
—Su boca estará llena de baba —contestó Chichimali, orgulloso y despreciativo.
—Bien, esperemos —dijo él.

Él sacude sus brazos, como si estuviesen llenos de mosquitos o polvo, saca de un bolsillo su móvil, lo pone en función cronómetro y lo coloca sobre la mesa. "Mi gente está en su casa", le dice a Chichimali. Chichimali asiente, tranquilo. Luego, él toma el arma y la acomoda con sus dos manos apuntando a la boca de Chichimali, sonriendo por dentro su capacidad de saber estar por horas sosteniendo lo que ahora sostiene. Sabiendo, sintiendo, conociendo lo que Chichimali siente, esa seguridad del acierto.

Faltan 60 segundos y, a diferencia de Chichimali, él no confía. Quiere que funcione, y quiere que no, aunque no le importa. La 21c es una con él, y sus 13 tiros anhelan decir su voz, él las escucha antes que sean dichas.

Cumplidos los plazos la expresión de Chichimali cambia. Un estertor inútil y la baba cayéndole por entre los labios. Un temblequeo, sí. Y luego su mirada pegada al techo.

Él toma su móvil, presiona un botón y dice "Yónas".

Del otro lado escucha decir "¿funciona?".

Y responde "Sí. Ahora nos quedan seis".