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sábado, 23 de agosto de 2014

Yo era joven



El asfalto sentía mis pies de caucho
circulares, nuevos, como a estrenar,
y yo buscaba la huella en la ruta
como si el tiempo se tratase de una ecuación
que se resolvía con velocidad.

La noche era un regazo tibio
que me permitía la violencia
de la sed de mis gestos,
el hambre que en mis ojos
buscaba hacer diana, siempre, en una chica prohibida
- de esas que te hacen provocar peleas sin más armas
que las que te dio dios, quién sabe desde dónde,
quién sabe para qué-.

Yo era entonces con mi ropa y con la música
una combinación de agobio y de asombro,
y con el maquillaje, vamos,
un Tyson subiendo al ring sin medias,
para no mencionar a las palabras que entonces
-Hemingway, Faulkner, West, Pierre Bayard-
me sangraban en las manos carentes
de una espalda sobre la cual volcarlas.

Yo era joven,
me burlaba de la primavera, del invierno
del calendario de los hombres gregarios,
y sentía en los nudillos la calma
que hace la estatura del egómano suicida (así me llamó una mujer),
en la boca el ácido que casi es veneno
y en cada parte de mí
sentía
que todo era un juego que apenas empezaba.

Hoy,
después de haber fundado
a menos mujeres que Valentino
y a más de las que se consiguió el monseñor paraguayo y presidente,
qué poco el saber y qué antigua la memoria
y,
sin embargo
qué maravilla lo audaz de la ignorancia,
qué pasada navegar en el sonido
como se navega en un perfume

aún

con tanto fracaso y tanta gloria
reconocerse en los amigos, pocos,
y en los hijos, muchos,
como reconoce un color en la paleta
el pintor que logró el granate
de tanto vivir el rojo del azul.

jueves, 14 de agosto de 2014

Un fragmeno de "Contrapunto", de Aldous Huxley



—¡Por supuesto que no! Viven como idiotas y como máquinas durante todo el tiempo, tanto durante su trabajo como durante sus horas de ocio. Como idiotas y como máquinas; pero imaginándose que viven como seres civilizados, hasta como dioses. Lo primero que hay que hacer es obligarles a reconocer que son máquinas e idiotas durante sus horas de trabajo. He aquí lo que hay que decirles: siendo lo que es nuestra civilización, tenéis que pasaros ocho horas diarias en un estado intermedio entre la imbecilidad y una máquina de coser. Es muy desagradable, lo sé. Es humillante, es repugnante. Pero ahí está. Tenéis que hacerlo; de lo contrario, la estructura entera de nuestro mundo se vendrá abajo y nos moriremos de hambre. Continuad, pues, vuestra tarea, idiota y mecánicamente, y dedicad vuestras horas de ocio a comportaros como hombres y mujeres completos y verdaderos. No mezcléis las dos vidas; mantened bien cerradas las mamparas entre ellas. Lo verdaderamente importante es la vida auténticamente humana de vuestras horas de ocio. Lo demás no es sino un sucio menester que es preciso hacer. Y no os olvidéis jamás de que es sucio y de que, salvo en cuanto os da de comer y conserva intacta la sociedad, carece absolutamente de importancia, no tiene la menor relación con la verdadera vida humana. No os dejéis engañar por los canallas que os cantan y decantan la santidad del trabajo y de los servicios cristianos que los hombres de negocios prestan a sus semejantes. Todo es mentira. Vuestro trabajo no es más que una tarea sucia y repugnante, desdichadamente necesaria, debido a la estupidez de vuestros antepasados. Ellos han acumulado una montaña de inmundicia, y vosotros tenéis que continuar cavándola por temor a que os envenene con su peste; tenéis que trabajar para poder respirar maldiciendo a la vez la memoria de los maniáticos que han acumulado todo ese innoble trabajo que vosotros tenéis que hacer. Pero no tratéis de alentaros fingiendo que este sucio trabajo mecánico es una noble tarea. Eso no es verdad; y el único resultado que obtendréis al creerlo y afirmarlo será el de rebajar vuestra humanidad al nivel del sucio menester. Si creéis que los negocios como servicio y en la santidad del trabajo, os transformaréis simplemente en idiotas mecánicos durante veinticuatro horas diarias. Reconoced que es un trabajo innoble; tapaos la nariz y hacedlo durante ocho horas, y luego concentraos en vosotros mismos para ser, durante las horas de ocio, verdaderos seres humanos. Un verdadero y completo ser humano. No un lector de periódicos, no un amante del jazz, no un fanático de la radio. Los industriales que proveen a las masas de diversiones estandarizadas y fabricadas en serie se esfuerzan cuanto pueden por hacer de vosotros tan imbéciles mecánicos durante vuestros ocios como durante vuestro trabajo. Pero no se lo permitáis. Esforzaos por ser humanos. He aquí cómo hay que hablar al pueblo; he aquí la lección que hay que enseñar a los jóvenes. Es preciso persuadir a todo el mundo de que toda esta gran civilización industrial no es más que un mal olor, y que la verdadera vida, sólo puede vivirse fuera de ella. Habrá de pasar mucho tiempo antes de que puedan conciliarse el vivir con decencia y el olor industrial. Puede que sean inconciliables. Habrá que ver. Entretanto, tenemos que palear la basura y soportar estoicamente la peste y, en los intervalos, tratar de llevar una vida verdaderamente humana.