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sábado, 27 de junio de 2015

Todo va a salir bien



Los demasiados tigres inquietan mi garganta, como inquieta al pastizal el ozunú, ese temblor en la tierra que antecede desde lejos la fulgurancia de un rayo proyectando el acto de su esencia. Me desnudo los pies, y con la piel del pecho desmesuradamente abierta, me hago un ovillo y, por una vez, sin gritar la sordidez que el mundo me exhibe, intento ese silencio que sólo alcanzo cuando ni a quien amo está a mi lado. Y me caigo, chorreando lágrimas salvajes me caigo en una desesperación y ahogo que ninguno de los que soy siquiera intenta contener, explicar o decir.

Creo en la caída, en la que te raja las rótulas y te rotula el alma con el peso del pasado vuelto cruz midiéndote la espacialidad de los hombros, la dimensión de la cerviz discutiéndole a su deidad posible su imposible irrealidad. Creo en la llaga y en la ofensa, en la herida premeditada y, con Ingenieros, en que todo Cristo tiene su Judas. En el amor a la piedra, con Nietzsche, en el número perfecto, según Pareto, y en la rima asonante según el boludo de turno. Creo en todas las cagadas que el mundo puede ofrecerme sin un aviso.

Porque cuando te caés ocurre la mano que no esperabas, o la que forjaste. Esa que no puede sino estar ahí, al lado, esa que te estira y que rechazás por incomprensible; esa que te empuja y que despreciás por menor; y hasta la tuya propia, que esquivás porque es la que te sabe por dónde sangra el daño. Por hipertrofia avanzo, en una vanidad inútil. Con la tozudez de los idiotas y la sinceridad que sólo las bestias irremediables de su condición pueden reflejar en sus ojos. Porque soy de mis nombres también su apellido, la cifra que nadie sabe.

También la luz, si aguardo lo suficiente. El toque genial que todo lo explica y burlándose de mis dudas hace pie en lo marchito de lo posible, y por hacerme morder el asco de lo posible, por esa mi cara asumiendo el horror de lo sabido, me toca los nudillos goteando los huecos del mundo, sopesando cuánta furia se necesita para una calma que dictaminaron imposible los que no anduvieron la vereda del hastío y de la decepción más temprana, y que hacen del paciente carne para el suicidio, o al menos su intento una tarde de sábado sin nadie cerca.

Todo va a salir bien, Truman. Sé que todo va a salir bien. Sé que todo siempre tiene una explicación. Sé, también y por ejemplo, que no tendré que explicar todo esto que digo, Juliet. Así que llamá a tu nodriza, sabe más que tu vieja, que tu mamá, que tu madre. Es hora de despedirse de las gentes. Que una cosa es Romeo con Mercutio, y muy otra sin su música favorita. Juliet, ¿cómo soportas que un hombre llore? ¿Por qué mi dependencia, tan abierta? ¿Por qué viéndola no la miro? ¿Por qué sigue mirándome eso que he vencido solo?

sábado, 13 de junio de 2015

De la manipulación


Es difícil manipular sin la culpa por delante, o sin la promesa de un premio más al frente. Como siempre, es fácil decirlo, puesto que lo difícil es darse cuenta, pillarlo. Es como los cuernos, o la locura, el afectado es el último en enterarse y, lo mejor de todo, es que cada cual tiene su modo de reaccionar cuando capta esa parte de la realidad que desconocía por completo, o que se negó a aceptar hasta llegar a ese punto en el que la destrucción se hace tan grande que no hay otra que revisar los errores en el libreto.

Yo ya estuve en ambos bandos. Manipulé sin escrúpulos - el que manipula nunca los tiene - cuando busqué un resultado, y me dejé manipular - no a conciencia - también por obtener un resultado, como también por evitar otro. Hasta que de pronto lo vi, y fue como despertar de una borrachera y asumir la correspondiente resaca, con una mezcla de arrepentimiento al reverendo pedo, y que sin embargo invita a hacerse presente, inevitablemente, a la humildad; con un malestar tan intenso que se hace necesario el "bah, a la mierda, no es para tanto", mientras pasa el sanador Cronos.

Eran otros tiempos, yo era muy chiquito y era prioritario si no ganar siempre, al menos no perder nunca. No me justifico, sólo me explico, y dominando como nadie el asco hacia las explicaciones de la conducta, cosa que a tanto docto y a tanto imbécil sigue interesando. Ahora ya no me importa. Ahora, cuando veo un intento de manipulación sonrío por dentro y dejo que siga la trama, como sin enterarme. Ahora lo difícil es no contestar, contener la reactividad, percibir la presión de grado 10, tener la capacidad de responder con grado 101 y, sin embargo, abstenerme de hacerlo.

En así las cosas, el juego, que jamás dejó de ser cruel, y que quizás por ello sigue siendo intenso, se ha convertido en algo mucho más limpio, como más solitario. Quedan pocos participantes y el discurso se reduce. El erudito como el inocente, encerrados en un egoísmo inmaculado de todo egocentrismo batallan un ensimismamiento del uno sobre el otro sin levantar los párpados. El filósofo y el teólogo sonríen mientras se hacen tajos profundos en los pómulos. Y el chico y la chica se miran de soslayo, sopesando largamente la tremenda distancia que los separa y que los vuelve uno.

Desprendido - aunque no desaprendido - del arte de manipular, uno pisa más firme y más solo. Aprecia a todos aunque quiere a menos gente. Toma menos, también, y da mucho más, porque entiende que ese es el flujo natural aquí, aun cuando esta "naturaleza" que porta pudiera sentirla, por influencia de afectos, como injusta. Aunque el final del camino sea el mismo, camina más alto el sendero el que deja de manipular que el que nunca lo hizo; y el que manipula, sin poder avanzar, sólo da vueltas alrededor de sí mismo, sin imaginar la potencia de un egómano capaz de sonreír.

viernes, 5 de junio de 2015

Esa paz

Pero una frase tuya
bastará para sanarme, extrapolo en mi locura
en todo este historial de desprecio
que razonadamente apuesta por cualquiera
que sepa dudar y así jugarse la fe.

Y al límite de mi rutina
me arrojás un "I miss you so much"
que me enciende los ojos, me aquieta e impulsa
a que no me duelas tanto,
a que no prefiera el olvido fácil,
a que elija la posibilidad
del precio altivo de una cicatriz definitiva
antes que una llaga
que siempre se recuerda a cada instante.

Sin saber, o sabiendo
me bandeás los momentos sacros
esos que me guardan de los demás,
y te instalás, pura y recia, casi agua
en mi forma de aire y precipicio
como sabiendo que te quiero,
que no soy yo sin tu boca.

Yo me vendo la rodilla
recordando tu mirada parpadeando futuros,
y me encierro de todos
murmurando tu vientre entre mis labios,

esa paz que sólo contigo...