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domingo, 22 de noviembre de 2015

Mi risa

Mi risa, amor de mis mejillas adoradoras de tu vientre, dime cómo la recupero siendo que la desposaste sin mi consentimiento, a escondidas, como el robo perfecto de un ladrón incapaz de admitir ni la crueldad de su falta ni la perfección de su accionar.

Mi risa simple, la que escondo de los tontos
y ofrezco indócil a los puros en mi afecto,
se muere sola sin tu voz, por el defecto
de ser en mí quien más te busca entre los sontos.

Silencios arduos me dedicas y respondes
con crueles modos a los actos del tullido
que quiere y busca no saberse incomprendido
por tantos filos que te pueblan y me escondes.

Te quise otrora. Sin el nombre que te espera
torcí el camino de mis ojos por los tuyos,
y aquí me ves, queriendo entiendas que te amo,

que cada herida que viví quise me uniera
a un golpe duro, casi azul y sin orgullos,
al beso tuyo que preciso y que reclamo.

sábado, 21 de noviembre de 2015

De hijos de puta e idiotas

No te voy a negar que me vengo burlando de medio mundo desde que José Ingenieros y Manuel García Morente me cruzaron la cara en ese tiempo en donde todo lo que había era un poco de gasa y agua oxigenada - ya si tenías cierto acomodo, quizás había mercuro y sulfa -. Pero así como no te niego esto, aceptame vos que también me burlé de la otra mitad ( vamos, no se vale andar predicando la justicia, el amor, y la santísima caridad de las palomas, si es que no se tiene un poco de aritmética básica, amorcito corazón).

Vos decís que para mí todo el mundo es idiota, y te juro que ojalá fuese así, porque un montón de problemas no existirían. Ahora, la macana es que si bien son minoría, existen los hijos de puta, que tienen como jefes a los hijos de diez mil putas, y son estos los que manejan a los idiotas. Como verás, si me seguís, no hace falta ser genio para entender la estructura básica en la cual nos movemos. Los hijos de puta, gobernados por los hijos de diez mil putas, son los que gobiernan a los idiotas manteniéndolos justamente así, idiotas.

Un hijo de diez mil putas, por ejemplo, confiesa que dios le habló, y que le dio instrucciones precisas. Un hijo de puta, luego, termina de interpretar esta revelación y la traduce a los idiotas. Así, por ejemplo, un idiota de ley, en lugar de agarrar su pene y buscar alguna vagina en la cual ejercer su penicidad, se pone un vestido negro y se dedica a toquetear a pibitos menores de diez años. El idiota de ley, para el común de los idiotas, se convierte entonces en un hijo de puta. En así ¿son los hijos de puta el problema?

Vos entonces me podés preguntar lo que yo aprendí a preguntar y te enseñé a preguntar ya casi tres décadas atrás "¿Y qué pensás hacer al respecto?". Pues yo no me tenso en la respuesta, simplemente sigo y marco mi criterio, cuando puedo y me lo permiten, eso uno. Dos, ni compro una estampita, ni vendo mi voz. Yo no acomodo mi manera a lo socialmente plausible, ni me pongo a predicar en ninguna plaza, ni intento adoctrinar a los que saben menos horrores que yo. Yo tan sólo me burlo de los que, como vos, creen entender afectivamente qué soy.

Ahora, para terminar de amargarte tu puta jornada, en respuesta a tu intento de amargarme el semestre, te cuento que frente a los hijos de diez mil putas y a los hijos de puta, están sus opuestos, corazón. Chic@s que estudian por los que no pueden hacerlo, que se juegan el cuero porque creen en el alma que portan y que ésta les exige ir para una determinada dirección. Chic@s que no farolean, que no pierden energías en pensar si la gente es idiota o no, sino que emplean su tiempo y recursos en evitar que el puterío pueda terminar ganándonos.

Ir volviendo

"Sé dónde cojean", dijo Acuario.

Conozco el fondo de la trama, las razones
ocultas, crueles, que enarbolan la distancia
de horarios sordos y de esfuerzos sin constancia
marcando a penas a este rey de corazones.

Tranquilo y firme voy contando entre mis dones
la mirra, el oro y el incienso en cada estancia,
la noche suave que me salva de mi infancia
y el gesto impío de exponer mis emociones.

Se ve que soy lo que no digo y lo que expreso
si canto "tempus" y me suelto en la violencia
de un mar eléctrico que muere entre mis manos.

Que voy volviendo a ser de nadie, y que si beso
la luz carmín de un par de labios sin urgencia
no es más que inicio de rubores menos vanos.

jueves, 19 de noviembre de 2015

El peso del afecto

Comienzo y rompo con mi frente la muralla
que luego borro con la rabia de mis ojos,
le expongo al mundo de los lerdos mis enojos
y caigo y pierdo nuevamente otra batalla.

Repaso entonces cada verbo en mi pantalla
y veo el quiebre de mi azul entre tus rojos,
mis manos rotas escribiendo los despojos
de un alto sueño con aroma a luz y playa.

Me voy un poco hasta los fondos de mi abismo
buscando el gesto, la palabra que te muestre
el eco ansioso de mi voz si no me miras.

Y vuelvo a vos, sin un vulgar romanticismo
tan solo y sólo por buscar ser quien demuestre
el peso exacto del afecto que le inspiras.


miércoles, 18 de noviembre de 2015

A veces



A veces todo esto se me hace cuesta arriba y ni pillo las palabras, ni los modos, ni siquiera los gestos. Así que me quedo ahí, en un movimiento aparatosamente lento, como si tuviese doscientas libras atadas a cada tobillo y un collar de cemento armado marcándome el cuello. Me quejo, es obvio que me quejo y me lamento y me plagueo sin disimular esta suerte de impotencia que no llega a serlo porque no se trata de lo que yo pueda o no, sino de lo que el otro ámbito me permita realizar, cuestión que va más allá de mí.

Digamos que asisto a la imposición de la distancia, al almanaque de secretos y a toda la galería de mensajes cifrados y conversaciones no hechas, sin que la pasionalidad propia del bestia que suelo ser interfiera en la suma y resta algebraica que debo efectuar para llegar a un resultado que en algún punto estipulé que sería claro y distinto, y entonces satisfactorio tanto en términos del ámbito como en los míos propios. Porque, es preciso entender que en algún momento convergimos - y de hecho a veces solemos converger -, y el ámbito era una anticipación de mis otros yoes.

De que cansa, pues claro, cansa. Como también agobia y desgasta, dado que uno no es ni de madera ni de piedra, sino que uno es carne y huesos, sed de hacer historia con una carga de vanidad capaz de resistir los más potentes bombardeos de ojivas depresivas con la mejor de las telemetrías, hambre de dormir hasta tarde con todos - porque son varios - los teléfonos apagados, aferrado a la tibia incandescencia de un vientre diseñado desde el atrás del tiempo para esa mejilla que es uno, que soy yo, ese que escribe esto que escribo por el ámbito.

Cuando sucede todo esto que ahora bosquejo sin mucho detalle, y siento que no sé si estoy a punto de quebrarme o de doblarme, imagino a un alguien en mi situación, y pienso y medito en qué le diría. Y le diría lo siguiente: "Macho, dale la espalda a este quilombo y andate a casa. Olvidate de este ámbito." Es más, me lo digo - apostaría a que es Smarc -, y sé que puedo hacerlo, que incluso en una arista me convendría hacerlo. Pero mi orgullo me exige no declinar aunque sangre, sude y llore. Y yo soy mi orgullo.

Por lo demás, sé muy bien que si hay algo que abunda son los ámbitos. Así como todos saben que me cuesta horrores pertenecer a ninguno, que cuando elijo uno me juego hasta las manos por ser uno con él, y que si me queda chico, siempre finjo que soy yo el que nunca dio la talla - vamos, no será noble esto, pero como que me lava un chiqui lo hijo de puta que soy -. Aparte que mañana será otro día, si acaso llega, y otra noche y una nueva lista de ámbitos en donde poder volver a empezar.

domingo, 1 de noviembre de 2015

El último y verdadero rito

Las horas, perfectamente alineadas como una caravana
         que no se deja turbar ni por el sol ni por la lluvia,
ignoran por completo cómo las examino, ávido
de saber en cuál de ellas aparecerá tu nombre
acaso tu rostro
tu voz.

Tú tampoco sabes
     cómo se exige un sniper cuando a solas vigila,
   o bien,
juegas a la distancia y a la anestesia,
como Allende cuando afirmaba
que un dolor no dicho es uno que solo se disuelve.

Alguna vez accederás al calendario
     y por fin decidirás la cita,
el fin de esa carencia que me nubla
que sin quererlo alimentas
cuando ríes detrás de mis ojos...

o me tocará a mí descifrar
el último y verdadero rito
que me ocultas en silencio:

bajo qué techo durmieron
los besos que te di.

Fante y Elliot

Fue una debilidad mía, no es posible explicarlo de otra manera. Sí, no pongás esa cara, una debilidad lisa y llana. Claro, ya sé que estarás pensando en todo ese historial de mi carácter, las peleas de los viernes en la escalinata por unos billetes, o sólo por diversión, por adrenalina. En los años laburando en el puerto, con ese gremio horrible en el que lo insoportable era lo cotidiano y sin derecho a queja. Y, por supuesto, en la crueldad mental de la que siempre me hice cargo.

Pero, ahora, preguntate lo siguiente, ¿qué pasaría si efectivamente yo tuviese razón en todo ese tema de Fante y Elliot, y no solo eso, sino que además no padeciese del síndrome de Raoulf? Alto, yo también pude llegar a pensar, sentir y hasta decir, que la conducta provocada por Raoulf era perdonable considerando todo lo demás, todas las otras tantas cosas. Sin embargo, y aquí la sorpresa, tanto Helene como Eunice, me verbalizaron exactamente lo contrario, que todo lo que hacía bajo el efecto de Raoulf echaba a perder lo realizado en los otros ámbitos. Es decir, lo peor de Hyde siempre superó a lo mejor de Jekyll.

No, no te preocupés. Estoy entrenado en esa escuela de que “puede ser grave, pero no serio”.

Como sea, bien pudiera ser que se trate de dos bandos, y cada uno de ellos con razones y considerandos de indiscutible peso y medida. Bien, así las cosas, siempre habría la posibilidad de que un juez, completamente ajeno al juego, dicte su sentencia sea a favor de Helene y  Eunice, a favor tuyo o, resultado extremo, que declare un empate. Pero vos fijate sólo en lo siguiente, en cuán devastador sería para Helene y Eunice que el pleito terminara en empate o saliesen perdidosas. ¿Vos te imaginás cómo se les cae la casa?

Yo no sé qué iría a pasar cuando finalmente se enteren de que jamás padecí el síndrome de Raoulf, y por esto creo que es mejor dejar las cosas como están, ni siquiera pienso en la posibilidad de fingir seguir un tratamiento por el cual, entonces, me vuelva “normal”. Sí, como te digo, y sé perfectamente cuán horrible es lo que te estoy diciendo, jamás padecí de Raoulf. Aquí ya no sé, ahora que lo digo, si eso que comencé llamando debilidad no es más bien cobardía.

Helene, la dulce Helene. La esforzada Helene. Helene, la sacrificada. Mientras yo, el eterno hijo de puta incapaz de apreciarla, de valorarla, de ponerla en el más alto de los altares y poner a sus pies, cada día, cien orquídeas chinas. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo decir sin decir? ¿Cómo cagarme en Helene sin confesar que aunque para miles sea una diosa eterna, para mí lo fue, pero sólo por un tiempo? ¿Te das cuenta cómo calza entonces Raoulf?

Como ves, en un punto Hyde haría imposible que Helene pueda vivir con Jekyll. Jekyll tendría que marcharse sin dar demasiadas explicaciones, sobre todo esto, sin dar demasiadas explicaciones. Porque cuando uno es el culpable, acepta la culpa y asume la sentencia. No hay más.

Dado su entrenamiento, Eunice no me preocupa nada. En cuanto a vos, espero entendás lo difícil de mis chances, cómo yo solito me aquilombé hasta las manos, cómo nuevamente se me hace fundamental encontrar un apoyo en la cuestión de Fante y Elliot.