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sábado, 2 de abril de 2016

2. El primer día

Yo iba tranqui allá en el patio, a lo sumo el único quilombo que armaba era cuando me sacaban el pedazo de pan que siempre tenía en una mano, que para mí sería entonces algún tipo de golosina, o directamente me gustaba y listo, pero como se le pegara tierra me lo sacaban y ahí pegaba el llanto hasta el ahogo. Tanto el llanto, que según cuentan una vez tuvieron que llevarme a las corridas a la clínica de ahí cerca, al policlínico San Benigno, porque no me volvía el aire y me fui quedando negro. Todo mal, ya te digo.

“En aquellos días” yo no sabía hablar bien, es decir, no sabía pronunciar la erre, y en lugar de perro le bajaba un peyo, por decirte, cosa que le resultaba divertida a algunos sin que yo entienda por qué, aunque algo olía. Así que cuando me enteré que comenzaría a ir a la escuela este tema de la erre me surgió como un latigazo premonitorio. Era como que algo me advertía de algo contradiciendo lo festivo (lo muy festivo) del anuncio escolar. Supongo que en algún punto calculé que estaría rodeado de niños que a diferencia de mí sí sabían hablar.

Fue que llegó ese día de ir a la escuela. Mamá me fue llevando esa mañana caminando pausado, despacito, como dando tiempo a que me gane la ansiedad, el temor, o ambas cosas, y a mitad de camino pueda verbalizar un tentativo “me payece que me apieta mi zapato”, luego un “me payece que me duele mi pie”, a ver si de repente podía torcer la situación, qué querés, fue lo que se me ocurrió. Pero no hubo clemencia, no, ni en pedo, y ante tamaña firmeza tuve la seguridad de que algo terrible me iba a pasar. Habrá sido intuición.

Al poco de llegar, sonó un timbre y yo me destrocé. Me metieron a un aula y vi monstruos y me sentí indefenso. Lloré, grité, hice lo que pude, pero mamá solo sonrió y se quedó afuera mientras la profe se hacía de mí tratando de calmarme por las buenas. Yo me jugué intentando darle una trompada a una mejilla a lo que respondió con un bife que me dejó cuadrado. Lo otro fue sentarme (ella me sentó) en un banco, en el que tapando mi cara con los brazos no dejé de llorar. Escuché “ahí ven, no le hagan caso”.


Cuando terminó el día y se abrió la puerta no pude abrazar a mamá. Tampoco pude entender la cara alegre de Sarah cuando la buscamos de su aula (ella ya estaba en primer grado). La verdad que no entendía nada. No tenía sentido, nada de eso tenía sentido. Me sentí solo, traicionado, y supe que no lo iba a poder cambiar, que no podría hacer nada al respecto, me lo habían demostrado como que a la perfección. Yo tenía cuatro años, y el más joven de mis compañeros tenía seis. Supe que eso iba a seguir, y que no adelantaba llorar.