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sábado, 9 de abril de 2016

3. La no duda

Los días pasaron y al final Kija, la profe, pasó a negociar, dado que yo no sabía cómo hacerlo y lo único que podía hacer era encerrarme entre mis brazos sobre la mesita y dejarme ir a no sé dónde hasta que sonara el timbre, aunque ya sin llorar ni emitir ningún sonido. Tampoco prestaba atención a lo que pasaba alrededor, sólo me concentraba en nada, tanto así que sólo recuerdo vacíos negros. Hasta que llegó ese gesto de ligera presión de dedos sobre uno de mis brazos, para luego encontrar a mi lado unas crayolas y una hoja de papel.

Escuché entonces burlas, y como respuesta una advertencia de Kija. No puedo decir qué verbalizaron una y otra partes, pero sí puedo estar seguro de los tonos, que los entendí instintivamente como cualquier animal despierto. Sentí que se había planteado una tregua, y cacé el trato. Con mi aceptación Kija se hizo de la situación y todos en santas paces. Yo, aparte, y los demás a su ritmo. A partir de ahí me fueron dados a conocer aspectos que no me esperaba, la sonrisa espléndida de Kija, ese aroma suave junto con la rara calidez de su mano y su mirada.

Al poco tiempo me enamoré de Kija y, al parecer, los enamoramientos indefectiblemente te vuelven estúpido. De manera que yo comencé a salir de mi “zona”, y aquello denominado “interactuación con el medio” comenzó a operar. Como hablé, y hablaba mal, las burlas volvieron, y volvió de nuevo lo de cerrar los ojos entre los brazos y a ver a qué mundo me voy. Como ya estaba enamorado (que aparte de volverte estúpido, también te hace buscar salidas), encontré que no tenía sentido hablarle a Magy, madre de todo ese quilombo, así que le conté al viejo lo de las burlas.

“Al primero que te jode lo cagás a patadas ¿estamos?”, dijo. La verdad que con sentencias así uno se queda como pelotudo después cuando lee cosas como “la duda como método”, porque ahí no te queda una sola. De manera que al día siguiente yo voy, sin una sola sombrita de duda dentro, con las cosas claras. Y tal que justo aparece el padre director (léase con mayúsculas), que vaya usted a saber por qué me tocó la cabeza, y menos va a saber usted por qué me supo a me está jodiendo, y fue el primero en ligar una patada.


¡Mierda que se sintió rico! Recuerdo, creo recordar, un zarandeo de Kija, algo así, pero no tengo certeza. Sí recuerdo algunos posteriores, cuando ella venía a sacarme de encima a alguno de mis “compañeritos”, y se producía entonces la severidad de arrancarme de ahí mezclada con la suavidad de su aroma y yo sentía que todo estaba bien. Todo cambió, no más vacíos negros, era de frente, ojos abiertos. Supe la diferencia que hay entre ser apartado, y de que se aparten de uno, y me cupo. Las facturas vinieron después, una y otra vez. Las pagué, e incluso di propina.