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viernes, 13 de mayo de 2016

8. Los afectos

Convengamos en que tanto yo mismo como la mayoría de mis secuaces se maravillan, de cuando en vez, si no de mi asquerosita imaginación, de mi portentosa memoria. Y me cuido bastante bien de joder a quien duda de esta última, aunque siempre tiendo a despreciar la primera. Convenido esto, y teniendo en cuenta la posibilidad de lo que los psicos llaman bloqueo, lo cierto es que yo no recuerdo escenas que caben o cabrían dentro de la definición de “tiernas” por parte de los referentes principales de casa, es decir, por parte de Magy o de Henrrieta; besos, por ejemplo.

Las manifestaciones de cariño de Henrrieta, por decirte, a lo más y como mucho, se limitaban a una serie continua de besitos en la frente, como cuando un gorrión toma agua de un charco, y muy raramente. Eso sí, un chocolate, un chupetín, o un pipoca para después de almuerzo siempre, siempre había. Magy, directamente nada. Aunque en las fechas correspondientes estaban los regalos - y, cuando comenzó a trabajar, una vez al mes sin falta -. En este panorama, la aparición de Marianne fue, cuando menos descolocante, y puedo decir con sabiduría que los afectos superan en mucho lo racional.

Para variar, yo a la primera no entendí nada. Muy de apoco me fui enterando de que Marianne tenía igual o peor carácter incluso que Henrrieta y Magy juntas, que fue criada por Henrrieta, y por eso, aunque no fuese la hermana de Magy, era la “tía” Marianne, y que estando a solas con mamá eran un jolgorio. Por mi parte, cuando tía Marianne aparecía sucedía algo así como acción/reacción, en el sentido de que con toda naturalidad y sin mediar palabra alguna, yo arrastraba el viejo sillón, se lo acercaba y me apoltronaba en su regazo donde me quedaba acurrucado.

Tía Marianne sí que sabía abrazar fuerte y, aunque no era diestra con las caricias, cantaba dulce, supongo que como las sirenas. Su voz no cambiaba, mutaba lejos, parecía conectarse a otro lado y creo que se iba a ese otro lado, y que yo, con su voz me iba también a ese otro lado, tibiamente acompañado con el quenoso (quenoso de quena, digo) semi bajo del sillón. Algo más, un detalle, la tía Marianne no venía sola, no; venía con cola, Jor-Elhs, su hijo, y por entonces y así mi primo, el segundo de los alacranes, una especie de titán.


Con Jor-Elhs sucedió lo mismo que con su vieja: inmediatez del afecto. Así que bajarme del sillón y mostrarle el patio no fue nada, o sea, entendeme, mostrarle “mí” territorio, y compartirlo no fue nada. Cuando en su momento Sarah se dejó ver se formó la trinidad, el propio: Batman, Robin y Batichica. En su borrachera, o generosidad, Dios no nos liquidó a los tres ahí mismo porque a lo mejor tuvo miedo, justo cayó domingo, o le entró ganas de jugar a la ruleta paraguaya. Digamos que permitió alegrías infinitas... sí, y algún que otro quilombo más o menos notable.