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miércoles, 31 de agosto de 2016

Cita 25

El doble juego de manteles, la simetría de tantos cubiertos - todo plata y oro -, la portentosa porcelana en la que podía ver reflejado su rostro, y una serie indescifrable de copas terminaron por aturdirle los sentidos, por lo que se sumió en un silencio agazapado, de animal que acaba de recibir un golpe y se acurruca mirando todavía al frente. En un parpadeo yo me miré las manos, las que alguna vez se cansaron de lavar autos, que alguna otra vez se quebraron en una pelea, y que tantas veces consiguieron sacar música de algún instrumento. Nos imaginé desnudos.


Imaginar fue el primer punto de quiebre, la mecha que, una vez encendida, convierte a quien la alienta en auriga de las futuras posibles demoliciones y correspondientes reconstrucciones. No siempre es fácil, por más que haya esta y aquella escuela que dale y dale con "imaginemos más". Porque imaginar implica no sólo encontrar soluciones nuevas a problemas antiguos, sino también problemas increíbles ahí donde no había ninguno. El que imagina no sólo puede inventarse a dios haciendo un asado en el infierno, sino que también puede colocar al diablo en el cielo enseñando trucos para evitar el infierno. Es ir, siempre.


Fue por imaginar-la, y por la tozudez de no contentarme con nada menos que con ella que fui construyendo la realidad que terminó por juntarnos alrededor de palabras como de silencios, como se juntan dos solistas alrededor de un pentagrama que implica diversas claves, diferentes sonidos para la vibración adecuada de una melodía única. Fue por tantos kilómetros y millas y leguas extras que todas las líneas se volvieron precisas, todos los límites exactos, para que cada ínfima diferencia redunde en una absoluta integración, para que cada tarea le de significado a su reposo. Para que nuestros ojos tengan que ver.