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miércoles, 3 de agosto de 2016

Cita 21


Me habían enviado a la frontera en el nombre de la juventud, de la tecnología; como sumo pontífice entre los artistas del mercado y aquellos pobres idiotas cuyo único talento era el saber convertir un montón de papelitos en reportes fidedignos que otros, también pobres idiotas, humanos de traje y corbata, pudieran comprender detrás de sus escritorios y sus gafas. Así, gracias a Dios, o a Ella - que, como Borges dijera de la suerte y el destino, son lo mismo- pude conocer el hábitat de bípedos anclados a tierra, y el de los vampiros adictos a la gloria del cambio.



Para todos, entonces, todo era nuevo, y ni faltó el chino que de alguna manera recordó aquello de "vivir tiempos interesantes", ni el pesimista de turno con la apocalíptica sentencia de que "vendrán cosas peores", ni  el impagable "esto recién comienza" del aprendiz regodeándose en su capacidad de resistencia a la fatiga. Percibí, no muy claramente, pero sí con trazos rudos, que si bien la resistencia al cambio es una suerte de ley para los humanos, lo es también su sorprendente capacidad de adaptación a nuevos territorios, más todavía cuando estos en lugar de hostiles terminan siendo amables aunque algo complicados.


Puede ser que la situación de extranjería, junto con la edad, nos haya jugado a favor. Ninguno teníamos familia ahí, y todos éramos si no demasiado jóvenes al menos relativamente jóvenes, por lo que la felicidad era todavía algo que creíamos posible, y no como una definición filosófica que recitábamos de memoria luego de leerla en algún texto, sino como una realidad que la vivíamos entre camaradas, entre cervezas y chistes luego de una extenuante jornada de trabajo. Así fue que me afirmé en el hábito de las fronteras, a no ser demasiado de un lugar y a disfrutar entre mayores.