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sábado, 21 de enero de 2017

26. El tío Herbert



El que a menudo solía dejarse ver por casa era el tío Herbert, el hermano mayor de Key, hijo del primer matrimonio de Henrrieta. Cuando aparecía, solía llegar un poco antes de la hora del almuerzo y tenía su propio ritual, breve, pero constante. Lo primero era un “hola mami” y darle dos besos a Henrrieta, después era sacarse la camisa y colgarla por algún sillón quedándose en camisilla (siempre usaba camisilla) y, finalmente, prepararse un tereré al que le echaba unos chorritos de limón. Tereré en mano, se quedaba un rato parado hablando con abuela, y solo después se sentaba.

A diferencia de los poéticos saludos del tío Zurko, el tío Herbert le bajaba un “¿qué hacés, perro?”, y me pasaba la mano con la clara intención de rompérmela. Yo le contestaba el apretón tratando de contestarel ataque con todo lo que podía y sin hacer trampa, es decir, con una sola mano, pero al pedo, no sentía nada la mole esa. Después de unos segundos, durante los cuales sin dejar de sonreír me clavaba los ojos, me soltaba. Entonces nos sentábamos y, contrariando el manual, al menos hasta recuperar mi mano, era él quien cebaba los mates mientras charlábamos.

El tipo era más bien callado, casi todo el tiempo estaba sonriente, y su sonrisa le hacía fruncir el seño. Al tiempo, tenía una especie de tic, esto es, no paraba de mover las piernas. Así, cuando le hablaba, y andá a saber qué cosas le decía, el tipo parecía realmente interesado en lo que le estaba contando, y bueno, como a cualquiera, me gustaba que me den pelota. La cosa se ponía buena cuando, ya listo el almuerzo, se nos unía Henrrieta y entonces la charla era entre “adultos”. Solo que ahí si hablaba Henrrieta, Herbert no me dejaba opinar.

Hablando con Magy, ya que el tipo me caía bien, me enteré que el tío Herbert era por demás inteligente, que había estudiado para abogado, y que faltándole poco para terminar sus estudios los había abandonado. En aquel momento no me cerró lo de no terminar la carrera, llegar al borde y no saltar, por decirte, había algo ahí que no encajaba y que no me podía explicar. Aunque nunca pregunté “por qué”, y aunque jamás (o sea, hasta hoy) lo he visualizado a conciencia, sin embargo, a mi modo y “sin querer queriendo” husmeé qué podía haber detrás de aquello.


Fue en casa de tía Key. En un momento de una noche de fiesta me percaté que tío Herbert estaba más contento que lo habitual, vaso en mano. Se lo canté a Jor-Elhs que la cazó al tiro, así que fuimos juntos y, muy amables nosotros, le ofrecimos traerle más trago, tío Herbert aceptó contento. Como a la cuarta vuelta, ya que estábamos, comenzamos a tomar unos sorbos también nosotros. Ya te imaginarás el pedo que teníamos los tres cuando tía Key pilló el tema, y del quilombo que se armó entonces. Lista de castigados es poco, todo mal, bien mal.

Fotografía de Robert Mathews.