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sábado, 11 de febrero de 2017

31. Polibandi


Se hacía un círculo entre los que iban a jugar, y uno de los participantes, mientras decía “sandía sandía tú serás policía”, le tocaba el pecho a los otros haciendo coincidir cada toque con cada sílaba pronunciada, y al que le tocaba “cía” terminaba siendo eso, policía. Se alternaba con “melón melón tú serás ladrón”, de manera de armar dos bandos. Dispuestos los contrarios y establecido dónde sería la cárcel, al grito de “¡ya!” los ladrones se disparaban y los policías corrían en procura de agarrarlos para llevarlos presos. Esto se llamaba polibandi, y era el juego preferido por la mayoría.

Como jugábamos al polibandi en el recreo, la cosa tenía un aditivo extra, sí, el tiempo. Y claro, al sonar el timbre se terminaba el juego y quedaba un único bando ganador; los policías, si acaso lograban capturar a todos los ladrones, o estos, si tan sólo uno de ellos estaba libre en el segundo final. Tranqui, para hacerlo más parejo, siempre había más policías que ladrones, tampoco éramos opas. Ahora, lo bueno era que a un ladrón libre le bastaba con tocar a los ladrones presos para liberarlos, por lo que siempre había uno o dos policías cuidando la cárcel.

Por otra parte, una de las maravillas de este juego era que lo jugábamos entre niños y niñas, cosa que para nosotros era rara, y que nos ponía algo incómodos, pero de la que ni bien comenzaban los correteos nos olvidábamos. Obviamente no es un juego para cualquiera, digamos que exige cierta condición física y de carácter, al menos si querés ganar, claro. Porque mirá, al menos como lo jugábamos nosotros, al momento de capturar tenías que agarrar, así, el propio agarrar, que cosa normal un lazo de guardapolvo roto o un botón de camisa desprendido por "resistirse a la ley".

En algunas ocasiones especiales ocurría que de común acuerdo conveníamos en jugar niños contra niñas, y eso sí que era un aparte, porque había como un desafío adicional. No sé, de repente porque estábamos en una edad en la que los nenes con los nenes y las nenas con las nenas, qué se yo, de por ahí algo había en que querías ganarle al género, alguna cosa así. Cuando se daba, las chicas mínimo nos duplicaban en número, siempre de común acuerdo, y esto lo veíamos justo, que vamos, eran nenas y a lo físico no le daban tanto como nosotros.

Para mí, en lo particular, no eran rival, qué querés, ni en velocidad, ni en amagues, ni en medir distancias, nada, no tenían nada las pobres, salvo una cosa: ganas. No hay animal más agresivo que una mina, tío. Si mal no recuerdo, dos veces me agarraron siendo yo ladrón. ¿Vos creés que no me resistí? ¿Vos creés que no terminé arañado? ¿Vos creés que no me pusieron una poli “dedicada” apretándome su espalda contra el pecho en la cárcel? Ya te digo, eran juegos especiales, hermosos, intensos, a los que sólo pueden igualarse los que jugábamos los niños contra niños.