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sábado, 18 de febrero de 2017

32. La fama de Magy


Como normalmente era más bien risueña, alegre y conversadora, a mí no me llamaba mucho la atención que a Magy se le acercasen a saludar un par de viejas ahí al llegar al colegio, ni tampoco encontrarla rodeada de otras tantas a la hora de la salida. Sin embargo, más o menos de la nada, el número de estas viejas fue aumentando, y varias veces escuché un “¡Ahí viene Magy!, como si la que llegaba fuese alguien famoso. Incluso de cuando en vez la podías ver charlando con la hermana directora, y no precisamente porque yo me haya metido algún pedo.

Lo primero que comenzó a molestarme fue cuando estas viejas, estando yo al lado de Magy, o cuando llegaba junto a ella tras salir del aula, volcaban la vista y salían con el “¿Y este es tu hijo? ¡Pero si es tu cara!”, dándose inicio así al toqueteo, que incluía la horrible caricia en alguna de mis mejillas y el pasar la mano por mi cabello. A mí esto me enojaba muy mucho, y me liquidaba que, como iban en plan de “cariñosas”, no les podía lanzar una patada o intentar darles un manotazo, de manera que sólo me quedaba aguantar.

Después la cosa se extendió al patio, y ahí cagué. Se me arrimaba cualquiera, de cualquier grado y me decía “¿Vos sos el hijo de Magy?”, “¿Cierto que sos el hijo de Magy?”, “Decile que quiero salir en su programa”, “Viste, te dije. Si es idéntico a ella”, y derivados así. A mí me caía mal, porque a mí me gustaba andar en lo mío, que si no era por el polibandi o el fútbol más bien no interactuaba con casi nadie, así que eso de que me vengan a hablar me descolocaba, y encima no podía responder a las malas.

Se le sumó la calle, o sea, la gente en la calle. Así como se me acercaban a mí en el patio, se le acercaban a ella, en cualquier lugar y a cualquier hora. Y los niños, por decirte una, si íbamos pasando y estaban del otro lado de la vereda, gritaban un “¡Adios, Magy!”, y la Magy respondía haciendo el adiós con la mano. De repente todo esto me pareció una invasión, o un atropello, no sé. Lo que sí es que no me gustaba para nada, y sentía ganas de darles tunda a todos, pero no tenía motivos ¿no?

Sin embargo, mal que mal me fui adaptando a la situación, primero porque no me quedaba otra, y segundo porque lo cierto es que en la escuela nadie me rompía más allá de confirmar mi parentesco con Magy, es decir, nadie me cargaba ni se hacía el gracioso con ese tema. Esto último, no sé si porque tuve la suerte de caer en una camada ajena a la crueldad que dicen natural en los niños, si porque sabían que al cruzar cierta línea habría piñas, o si porque la Magy era tan genial como todos decían. Quizás una suma de todo.