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miércoles, 8 de febrero de 2017

Cita 31

Ese terreno, tibio, fangoso, lleno de gusanos gordos y afelpados, dentro de su blanda hediondez tenía la capacidad de ofrecer aquello para lo que los muchos habían estado entrenados a apreciar como una bendición: lo conocido. Y ese terreno, ese territorio no era otro que el pasado, no era otra circunstancia que lo pretérito vuelto a repetir de mil maneras diferentes, desde los inútiles reproches de pareja hasta las puestas en escena una y otra vez de las mismas películas de Disney, como si no existiesen la imaginación o la posibilidad de un futuro sin tanto calor gregario inundando las axilas.


Así, todos gorditos, todos afelpados, y mientras más penurias vayan por dentro, mientras más áspera parezca o pareciera la colección de Gólgotas que alguno pudiera colgarse al cuello, no habría más que terminar como parte de un decorado en el que la intrascendencia del conjunto se enaltece y se mantiene justo por ese equilibrio arquimediano por el que el intento individual por enaltecer el propio sufrimiento no hace más que igualarlo al de todos los demás, no ya por sus manifestaciones concretas (una bancarrota, una muerte a destiempo, un segundo lugar), sino por sus fundamentaciones subjetivas, en que todos son doctos.


Mas, para que el conocimiento intrínseco e íntimo de esta trama tenga, además, reconocimiento, es necesario atenerse a la misma y asumir uno de los papeles más nobles que confiere la historia: el de víctima vengadora. Para ello, se precisa asumir la realidad como tal y enteramente como tal, pretender ser el responsable de la misma y - el condimento esencial - ser acusado y hallado culpable de todo. Demás está decir que la acusación debe ser aceptada veladamente, jamás deberá ser asumida con vehemencia, o actitud parecida. Sólo los culpables sentenciados tienen posibilidad de salirse del fango. Por eso apesta.