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sábado, 4 de marzo de 2017

34. Días de lluvia 2 (salón de actos)


En los días de lluvia muy intensa la participación era casi nula y la escuela se convertía en un mercado. Como no se utilizaba el patio, se mezclaban todos los grados en el corredor de entrada y en los pasillos, así que para poner orden y hacer la fila, aun cuando éramos pocos de cada grado, las maestras sacaban a lucir ese lado oculto que todas tenían, o sea, se ponían fieras. No se cantaba el himno porque no se izaba la bandera, supongo, pero igual se rezaba, porque a Dios no le importaba el clima, creo. Luego, íbamos al aula.

Para la hora del recreo se habilitaba, a manera de patio, el salón de actos. Yo creo que ahí faltó un poquito la inteligencia, o de repente alguna opinión masculina, tené en cuenta que eran mujeres, desde la limpiadora hasta la directora. Te digo porque el salón de actos era eso, un salón grande, con un escenario y al frente un montón de bancos del tipo que se usan en los templos, que estaban ordenados en dos grupos - de columnas o filas, como querrás -, dejando espacio para pasar al medio y a los costados. Pero, ¿si no hay acto?

La cantina, al mando de ña Horocia, se trasladaba al salón de actos, ya que la idea era que los pudientes se compren su merienda y luego se sienten a disfrutarla cómodamente en alguno de los bancos. Sin embargo, la idea que teníamos algunos cuantos no pasaba por quedarnos media hora sentados, así que no tardábamos en armar el polibandi pero más o menos disimulado, como cuando en vez de jugar a los cien metros planos pasás a jugar marcha. Desde fuera se verá medio ridículo, pero desde dentro tiene su sabor, porque correr dentro del salón estaba más que prohibido.

Por supuesto, estos polibandis sólo los jugábamos entre varones, porque las nenas como que tiraban más a obedecer las órdenes, y los inquietos de cajón éramos nosotros. La cosa se ponía entonces muy competitiva, y la parte salerosa era que en realidad corríamos, pero justo en ese trecho, en ese espacio tiempo en donde las maestras no nos estaban mirando. Así, el juego tenía sus partes rápidas y sus partes lentas, cada una con sus mañas, como la de agarrar a la nena que pasaba a tu lado y arrojarla al policía que tenías ya casi encima con los brazos extendidos.

En una de estas ocasiones, y faltando poco para que termine el recreo, sucedió el desboque. Quedé de último ladrón y tenía a unos tres polis persiguiéndome. Llegado un punto, me resbaló que las profes me estén mirando o no, corrí, pero los polis se contagiaron y también corrieron. Como no paraban, comencé a saltar sobre los bancos, pero los bestias también lo hicieron, o sea, se armó. En la persecución, hubo uno que no midió bien la distancia entre bancos, pisó mal y terminó partiéndose la boca. Terminamos todos en la dirección, y sí, para variar de nuevo yo culpable.