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sábado, 18 de marzo de 2017

36. El escapismo de la música I


A Sarah los viejos le habían comprado una flauta, de las que le dicen “flauta dulce”, y por las tardes ella se ponía a practicar. Cuando lo hacía, yo le prestaba algo de atención un rato, más por la novedad que por otra cosa, pero enseguida la abandonaba y me iba al patio a por las esferas. No me dio celos el tema, del tipo por qué a ella sí y a mí no, que yo sabía que la mina jugaba a otro nivel y, a mi modo, entendía que eran “sus cosas”, como sus muñecas, o sus zuecos, algo así.

Sin embargo, cuando cierta vez la vi desarmando la flauta para sacarle la saliva, y luego, volviendo a armarla acomodando la parte baja dejándola un poquito torcida, ahí ya fue otro tema. Me explicó que la saliva se junta y entonces gotea, que si la parte baja se pone recta el dedito no alcanzaría para hacer la nota do, “¿ves?”. Le pregunté si cómo sabía todo eso, y me dijo que lo había aprendido en el coro de la escuela, y poco tiempo atrás. “¿Vos estás en el coro?”. Y cómo no iba a estar en el coro, si era Sarah.

El coro era una suerte de élite, en la que alguna vez, y estoy seguro de que por gordito y por mi recorte taza, me pusieron a tocar el triángulo. Esa élite estaba comandada por la profesora de música, la profe Yehlí, cuya voz fácilmente se podía escuchar a dos cuadras de distancia, aún con todas las puertas y ventanas cerradas. Para entrar a la élite había dos condiciones, o sabías cantar, o sabías tocar la flauta, como mínimo, y de filtrar a “los aptos” se ocupaba la mismísima Yehlí, que no tenía problemas en descartar a quien no la pegaba.

Todo esto a mí me pasaba por un costado, pero, cuando una mañana, correteando por un pasillo, fija que con la excusa de ir al baño, vi a Sarah y a otros niños salir de sus aulas en horario de clases quedé en alerta. Ya en casa, cuando le pregunté sobre el tema, Sarah me dijo que a veces salían de clases para ensayar en el coro. Fue como un chispazo, el imposible mismo tendiendo un puente. Decidí que tenía que estar en el coro, como sea, porque aquello de salir del aula a deshoras y sin supervisores me parecía fantástico.

Le comenté a Sarah de mis intenciones, confesándole que para mí lo importante era salir del aula. Tras una brevísima evaluación, con extraordinarias semejanzas con la profe Yehlí, Sarah determinó que el canto no era lo mío y que por ese lado me vaya olvidando del coro. Sin embargo, me dijo que podía probar con la flauta, a lo que yo le respondí que no tenía ni idea de las notas y todo aquel mambo. “Es fácil, yo te enseño” me dijo, y al momento se puso a darme las primeras lecciones, que iban de sacar el sonido, antes que nada.