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domingo, 29 de enero de 2017

29. Navidad 2 (estrellitas)


El espectáculo del pesebre lo cerraba una vela amarilla, gorda, que se ponía debajo de la foto del niño, y se encendía cuando llegaba la noche. Especial la vela, porque mirá que duró todas las navidades y años nuevos de los que tengo memoria, aunque bueno, ahora que lo pienso, sólo se encendía dos veces al año, en noche buena y en la noche de fin de año. Independiente del simbolismo que para toda la gente pudiera tener, la vela esa a Sarah y a mí nos servía para encender las estrellitas, sin andar perdiendo la paciencia con los fósforos Orbiz.

La parentela, toda, se juntaba en casa, obviamente por el hecho de que Henrrieta ejercía el indiscutible poderío del matriarcado. Ni bien caía la noche iban apareciendo la tía Marianne y la tía Key con sus respectivas proles; el tío Herbert a veces con, a veces sin su gente, que era raro también en esto el cuate, y algunos foráneos que nunca faltaban. Magy y Zurco iban de anfitriones. Aquí, el detalle importante es justamente la localía; Sarah y yo jugábamos de locales, teniendo como máxima autoridad a Henrrieta, de manera que ni Key ni Marianne tenían jurisdicción sobre nuestros quilombos.

Con Jor-Elhs nos rajábamos para la calle, en donde con los otros chicos de la cuadra le dábamos a las estrellitas y a las bombas. Cada tanto entrábamos a la casa para picar algo y, dependiendo de la hora, ligábamos algún sorbo de sidra o de cerveza del tío Herbert, o directo de algún vaso que algún adulto descuidado dejó por ahí, así que para la medianoche, cuando se daba el show de cierre, que consistía en agruparse frente al pesebre unos minutos antes de las doce a arrodillarse y rezar, estábamos más bien en pedo y todos nos parecían ridículos.

En una ocasión, estando en el jardín y por lo aburrido que ya me resultaba el tema de dibujar con estrellitas, comencé a lanzarlas a la calle cuando estaban por terminarse, imaginándome que eran como estrellas fugaces. Enseguida con Jor-Elhs jugamos a quién las hacía llegar hasta la otra vereda. Al rato me percaté que detrás de nosotros estaba la casa, y ahí comenzamos a arrojarlas al techo. Ya sabés como son los machos, quién más alto, quién más lejos, qué tiro sale mejor, etc. Estuvimos un buen rato tirando las estrellitas, hasta que escuchamos los gritos que venían de adentro.

Entramos a ver y la cosa estaba grave, un correteo frenético de baldes de agua y el apartar de sillas y mesas. El pesebre, que se había hecho afuera, se había incendiado. Nadie entendía cómo había pasado, justo porque Jor-Elhs y yo (únicos posibles culpables) estábamos en el jardín. Sin embargo, apagado el incendio, se evidenciaron los restos de alambre de las estrellitas entre las láminas chamuscadas y, como nosotros cantamos lo que habíamos estado haciendo antes, solitos nos sentenciamos. Menos mal que rondaba el espíritu navideño, así que no hubo garroteada, pero sí ese eterno quedarse sentado en un sillón.

sábado, 28 de enero de 2017

28. Navidad 1 (el pesebre)


La navidad era otra variable. La cosa comenzaba cuando Magy disponía en el suelo láminas de papel madera, tarros de pintura, unos pinceles gruesos, de esos que usaba cuando pintaba puertas, y el paquete de yerba mate. Sarah y yo al lado, Sarah colaborando y yo mirando, que para las manualidades siempre fui un negado de raza. Era desplegar el papel madera y pasarle una capa de pintura y luego otra, no tan parejamente, sino de tal modo de ir dándole relieve, luego, con la pintura todavía húmeda, se le echaba la yerba mate, pero solo el polvo, no los palos.

Una vez listas las láminas, que por efecto de la pintura y la yerba mate adquirían una tonalidad que implicaban el verde, el marrón, el bordó, y una mezcla de tonos que no sabría definir, se ponían a secar al sol. Entonces era el momento de sacar los adornos y las figuras que se guardaban envueltas en papel diario dentro de cajas. Eso lo podía hacer, desenvolver y poner en orden las ovejas, los camellos, vacas y demás, como también pasarles trapo para que les salga el olor a encierro que tenían. Los personajes humanos los dejaba a manos más hábiles.

Magy y Henrrieta pasaban a discutir entonces si dónde se iba a armar el pesebre. La verdad es que no había muchas opciones, era adentro o afuera. Adentro era en un hall, en una galería que era la continuación del zaguán de entrada, y afuera, era en un patio lateral, al costado del hall, ahí donde, cuando el viejo nos castigaba, Sarah y yo nos arrodillábamos mirando a la pared. Decidido el lugar, Magy se tomaba algo de tiempo, como para medir “tablas y medidas”, e iba a por las láminas, que con el sol de diciembre se secaban bien rápido.

Ahí ocurría lo mágico. Primero, Magy colocaba unos ladrillos, y/o algunas piedras en el sitio elegido; luego comenzaba a arrugar las láminas, a primera vista arbitrariamente, como si intentase abollar la hoja de un cuaderno, pero, si te fijabas bien, veías que cada lámina la arrugaba sólo en una parte, y de una manera determinada. Al final, las láminas encajaban entre ellas conformando un cerro que era sostenido por los ladrillos en su interior, y sujetado por las piedras en su exterior. El cerro, ya te imaginarás, tenía los tonos de uno real. Sólo quedaba recrearlo con las figuras de barro.

La ubicación de los pastores, la de José o la de María, como que no tenía discusión, sus poses mismas eran limitativas, así que ahí no había chiste. Para con el resto de las figuras, Magy nos dejaba dirigir a Sarah y a mí. “Que no ves que está acostada, por eso queda mejor aquí”. “Fijate que está como trepando, por eso va mejor ahí”. El momento final y cumbre era cuando Henrrieta (solo ella podía hacerlo) colocaba al niño. Claro que no era un niño al uso, sino la foto, encuadrada, de un niño de barro. Para nosotros, nada llamativo.

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Fotografía de Gareth Harper.

viernes, 27 de enero de 2017

Cita 29


Oh, no creas que no aprecio su apoyo y, en todo caso, me divierte un tanto su entusiasmo, pero, como verás, no puedo tomarlo en serio, sería injusto conmigo mismo y con toda la gente que en realidad sigue mi causa, o causas como la mía. Digamos que ni siquiera sabe qué colores he combinado para logar el que he puesto frente a sus ojos, entonces, ¿cómo puedo más que sonreír ante su algarabía? No, no me engaño, yo también fui joven, ignorante y estúpido, por lo tanto sé muy bien lo que es repetir las ideas sin haberlas vivido primero.


Otros sonidos también pretenden invadir esa atalaya que logré construir en casi nada de tiempo, pero que sabés tuvo un costo demasiado alto, de manera que prefiero mantener el ritmo de oleaje y acantilado. Las rocas dejan que las olas se acerquen a ellas, si te fijás y me perdonás la comparación -casi cruel-, mientras yo dejo que sólo ella invada con su piel la aridez de mi invierno hasta que todas las brujerías se conviertan, desde su boca, en un hechizo de verano que mueve mis dedos y nuevamente hace que busque aquello que no se encuentra, que construimos, solos.


No es mucho todo esto, aunque puede que sea demasiado. ¿Cómo saberlo? Habría que volver a Bergson, ya no a Kant, o incluso a Morris... ¿Cuántos libros, cuántos viajes, cuantas confesiones, cuántas marchas se hacen necesarias para que un papa de consejos para un buen matrimonio sin que haya estado nunca un sólo fin de semana con su esposa y sus hijos? Para mí es mucha estupidez, demasiada larga y pesada la lista de homicidios, de violaciones, de abusos de todo tipo y color. Hay una ofensa como en darle el nobel de la paz a quien lucra con bombas nucleares.

miércoles, 25 de enero de 2017

Quote 6


Believe me, for a long time some people were sure they could convince me that talent, at least partly, it’s about the capacity of learning, like really quickly, a set of rules with regard to something; as if the power of assimilation, of internalization, this is, the pure and simply intelligence were something more than just a simple indicator, when for proper experience from my years in school, I discovered that to disobey some rules, was the best demonstration of an undeniable quota of lucidity, and, as always, the not suitable ones for the change end up being, in principle, the most harmed. 

The few ones and inside the few ones, the exclusive ones who have the aptitude and the attitude necessary to impose inside of a world bombarded by a gregarious arranging, the idea of an emotional system that its really personal to the margin and adjacent with the universe that surrounds them and in which they belong with interdependence, are the ones that can indicate, with the example, and only with the example, the first and the last of the mobile balances, trough the frank laugh that overcomes y that its earned after the most bitter cry, at the mercy of a pure egoism that defeat a hypocrite egocentrism.

On the other side, the free will it also admits the possibility of self-destruct and therefore the possible damage to the notables, but everything is a risk when all there is deep down, is certainty. Either be that god does not play to the dice, either be that god does not have a fucking plan, and is giving stamps on the anthill, the final resolution, the change of diet, the qualitative jump and the metaphor that you want, it has been inevitably gestating, sometimes with awkward hurries, sometimes with indolent delays, but always in an uncontrollable advance, because this way we have dreamed it.

domingo, 22 de enero de 2017

27. La casa de tía Key



Una de las particularidades de la casa de tía Key eran sus muebles. Tenían un diseño digamos que básico, o rústico, pero una solidez que no se veía por ahí, de esos que te duran fácilmente un par de siglos, y más. El tío Niftí era quién los hacía en una especie de taller dispuesto al fondo del patio, en donde tenía todo ese montón de herramientas que, por supuesto, estaban restringidas al pueblo. Rous, la hija de Key y Niftí, y entonces mi prima, era la principal ganadora con todo eso porque tenía su cuarto decorado con muebles sobradamente exclusivos.

Otra singularidad era Loreto, al que todo el mundo (o sea, los adultos) llamaba Loretito, y al que yo particularmente no sabía bien cómo tratar. El tipo era alto, flaco, canoso, de igual o más edad que el tío Niftí, y no estaba bien de la azotea. Era manso, pero tampoco te dejaba joder, y ahí estaba el tema, porque a pesar de estar rayado, y de que nadie le peloteaba, si jodías te bajaba una puteada. Así que a la hora de quilombear me fijaba si andaba cerca, porque el tío cantaba y, al final, era también como un adulto.

También estaba el tema de las chicas. Nunca supe el porqué, pero en casa de tía Key vivían unas pibas, jovencitas, a mis ojos guapas, y a mi sentir, amorosas, que se instalaban en un ala de la casa. Las chicas solían trajinar de aquí para allá con el tema de la cocina y la costura, actividades en las que siempre veía a tía Key, haciendo y dirigiendo. Me dejaban estar con ellas y, al parecer, se divertían bastante con mis ocurrencias, como aquella de que “las mujeres son células muertas” que les dije alguna vez, y que tanto se divulgó.

Ahora, lo realmente extraordinario era que había una terraza larga como la casa misma, que en lugar de tener tejado, tenía eso, la terraza, a la que subías por medio de una escalera un tanto estrafalaria, hecha de material, es decir, de ladrillo y cemento. Por supuesto, subir a esta plataforma excepcional estaba prohibido por orden expresa y directa de tía Key, que, como dije, no te permitía una sola macana. Supongo que tal prohibición venía por el hecho de que no era segura, dado que por entonces no tenía barandas, así que estaba el borde y ahí nomás el vacío.

Un domingo en el que nos juntamos todos en lo de tía Key, aprovechando el momento de la sobremesa, me abrí solo, sin Sarah, ni Jor-Elhs, ni Rous, y, callado, subí a la terraza. Parado en la cabecera que daba al jardín, vi que era más alto de lo que parecía desde el suelo y no me animé a saltar como tenía planeado. Así que me colgué de los brazos, como para soltarme después, pero ya colgado seguía estando alto y no tenía fuerzas como para volver a treparme porque no tenía en qué hacer pie. No quedó otra que gritar.

sábado, 21 de enero de 2017

26. El tío Herbert



El que a menudo solía dejarse ver por casa era el tío Herbert, el hermano mayor de Key, hijo del primer matrimonio de Henrrieta. Cuando aparecía, solía llegar un poco antes de la hora del almuerzo y tenía su propio ritual, breve, pero constante. Lo primero era un “hola mami” y darle dos besos a Henrrieta, después era sacarse la camisa y colgarla por algún sillón quedándose en camisilla (siempre usaba camisilla) y, finalmente, prepararse un tereré al que le echaba unos chorritos de limón. Tereré en mano, se quedaba un rato parado hablando con abuela, y solo después se sentaba.

A diferencia de los poéticos saludos del tío Zurko, el tío Herbert le bajaba un “¿qué hacés, perro?”, y me pasaba la mano con la clara intención de rompérmela. Yo le contestaba el apretón tratando de contestarel ataque con todo lo que podía y sin hacer trampa, es decir, con una sola mano, pero al pedo, no sentía nada la mole esa. Después de unos segundos, durante los cuales sin dejar de sonreír me clavaba los ojos, me soltaba. Entonces nos sentábamos y, contrariando el manual, al menos hasta recuperar mi mano, era él quien cebaba los mates mientras charlábamos.

El tipo era más bien callado, casi todo el tiempo estaba sonriente, y su sonrisa le hacía fruncir el seño. Al tiempo, tenía una especie de tic, esto es, no paraba de mover las piernas. Así, cuando le hablaba, y andá a saber qué cosas le decía, el tipo parecía realmente interesado en lo que le estaba contando, y bueno, como a cualquiera, me gustaba que me den pelota. La cosa se ponía buena cuando, ya listo el almuerzo, se nos unía Henrrieta y entonces la charla era entre “adultos”. Solo que ahí si hablaba Henrrieta, Herbert no me dejaba opinar.

Hablando con Magy, ya que el tipo me caía bien, me enteré que el tío Herbert era por demás inteligente, que había estudiado para abogado, y que faltándole poco para terminar sus estudios los había abandonado. En aquel momento no me cerró lo de no terminar la carrera, llegar al borde y no saltar, por decirte, había algo ahí que no encajaba y que no me podía explicar. Aunque nunca pregunté “por qué”, y aunque jamás (o sea, hasta hoy) lo he visualizado a conciencia, sin embargo, a mi modo y “sin querer queriendo” husmeé qué podía haber detrás de aquello.


Fue en casa de tía Key. En un momento de una noche de fiesta me percaté que tío Herbert estaba más contento que lo habitual, vaso en mano. Se lo canté a Jor-Elhs que la cazó al tiro, así que fuimos juntos y, muy amables nosotros, le ofrecimos traerle más trago, tío Herbert aceptó contento. Como a la cuarta vuelta, ya que estábamos, comenzamos a tomar unos sorbos también nosotros. Ya te imaginarás el pedo que teníamos los tres cuando tía Key pilló el tema, y del quilombo que se armó entonces. Lista de castigados es poco, todo mal, bien mal.

Fotografía de Robert Mathews.

viernes, 20 de enero de 2017

Cita 28

Leí que "después del fuego el hombre no ha inventado nada más". Se me ocurre que después del maniqueísmo tampoco se ha avanzado mucho, a pesar de Nietzsche. Si te fijás, si bien están los que afirman que ni somos enteramente malos, ni enteramente buenos, no deja de ser cierto que el mal implica al bien, o viceversa, y que la comisión de un acto malo, entonces, sugiere aquello de perdonar. Aquí lo cómico - o trágico - sería leer esto mientras cae un meteorito sobre el templo en el que uno está para que alguien, luego, logre perdonar al meteorito.


Ahora, si sos el que murió aplastado por el meteorito quién sabe cómo sería la cosa, porque los testimonios de después de la muerte son bien pocos, y medio dudosos; bah, digamos que no buscás en youtube el canal de los resucitados, listo. Del lado del meteorito hay más tela, porque igual que un pedazo de piedra, hay un montón de irracionales que actúan parecido, y a los que se les puede estudiar y sacar conclusiones. La cuestión pasa por el lado de los familiares y amigos de los que murieron aplastados por el meteorito, cómo quedan, quiénes lucrarán con ellos.


Volvemos al refranero no tan popular que dice pregúntate "¿quién sacará provecho de esto?". Quizás no se pueda ver muy claramente de golpe, pero existe toda una industria de la culpa, con su correspondiente industria del perdón, como existe, consecuentemente, una industria de la manipulación de la culpa y del perdón, de su comercialización y toda la cadena tributaria respectiva. Cada vez que te hacen sentir culpable hay de seguro una industria detrás. ¿O vos creés que los terapeutas tienen su consulta gratis y que los curas del Vaticano cagan en letrinas en el fondo del patio? La culpa es dinero.


domingo, 15 de enero de 2017

25. Días de campo 3 (el moro)



Aunque yo sí, en la estancia no estaban nunca de vacaciones, es decir, todo el mundo tenía algo que hacer, y tenían que hacerlo a una hora determinada. Esto había que entenderlo, sobre todo por el tema de los caballos, que aun siendo el principal objeto del deseo, no estaban allí como atractivo turístico para los niños de ciudad; nada que ver. Así que si quería cabalgar la mejor opción era pescar por Vittorio o Francisco y subir detrás de cualquiera de los dos. Vittorio directamente no me peloteaba; Francisco, en cambio, rezongaba pero al final me dejaba ir con él.

La otra alternativa era una mula, no sé si vieja, pero que no iba para ningún lado - con decirte que subirte sobre la alambrada era mucho más peligroso -, pero tenía la ventaja de que me dejaban montarla solo. Aparte estaba mi objetivo, un caballo del que decían que era arisco, o peligroso, aunque yo lo sentía de carácter rudo pero amigable. Era de un marrón oscuro, con un porte medio de malevo enojado, con unas manchas negras en el cuello como de llagas, y que no sé bien por qué, de ahí era que se le decía el moro.

En algún momento, vencida por la siesta, la población se descuidó y en una nada de tiempo estuve sobre el moro. Corcoveaba el guacho, y la verdad que me asustó un chiqui, pero el placer por lejos le ganó al miedo, así que le azucé levemente y ahí comenzamos a andar, lentamente, por alrededor de la casa. Como le tomé confianza le solté rienda, incliné mi cuerpo hacia delante y el moro entendió a la primera. Corrijo, el hijo de puta entendió lo que quiso, esto es, se disparó como una bengala. Yo solo intentaba no caerme de cabeza demasiado pronto.

Apenas logré mantener el equilibrio apretando mis rodillas (no alcanzaba los estribos), y bordeé la casa por sus lados hasta que tuve enfrente el galpón y, a la derecha, la opción de salir al campo abierto. El moro, puesto en modo bestia, decidió ir a atropellar el galpón. En ese momento vi a ña Raimunda moviendo los brazos, como aleteando y graznando, con la prole detrás, también aleteando y graznando, como si todos estuviesen festejando mi jineteada. Lo cierto es que delante estaba el alambre grueso en donde se colgaba la cecina, y de seguir ese trayecto me quedaría sin cuello.

Fue cuestión de un instante, lo que dura reaccionar. No iba a dar para agacharme hacia delante, era tarde para eso, aparte que el moro se iba a enloquecer todavía más, así que me estiré todo lo que pude hacia atrás, sin dejar de sujetarme al animal con las rodillas, ni soltar la rienda. En un destello vi el alambre sobre mí, unas nubes, el sol, y ya estaba de nuevo incorporado sobre el moro que por poco embestía el galpón, sujetado ya por ña Raimunda y por Vitorio en medio de un griterío que seguro iba a despertar a madrina.

Foto original de Lisa Lyne Blevins - Editada por Silvio M. Rodríguez C.

sábado, 14 de enero de 2017

24. Días de campo 2 (las espinas)


Me había dado cuenta de que Vitorio y Francisco jamás tropezaban mientras andaban, y no sé, de repente me cayó el rayo celeste o simplemente por primera vez hice sinapsis, pero el caso es que concluí que eso se daba porque siempre andaban descalzos. Como para mí era fundamental el tema del agarre y de vencer aquella limitación de caerse todo el tiempo, va que me descalzo y pruebo la pista sin el Forward, minga, todo mal. Al segundo paso que di una espina, al tercero otra, y así. No pude caminar ni tres metros y frustrado volví nomás a calzarme.

Yo me figuré que todo eso era una mierda, que de algún modo tenía que haber un secreto, una trampa que yo no estaba pillando, algo había ahí a lo que yo no accedía, es decir, no podía ser que otros sí y yo no, no me cerraba. Así que se lo planteé a padrino el tema de por qué a Vitorio y demás las espinas no les clavaban y sin embargo a mí sí; simplemente me dijo: “si tenés miedo te van a clavar”. Fue una trompada, más o menos. Porque si bien estaba, recién ahí pude ver ese miedo.

No reaccioné al tiro, sino que lo dejé venir. Esperé a que en cierto momento cada cual estuviese en sus cosas y me senté al borde de la casa, solo, pensando qué tan cierto, qué tan probable sería aquello que dijo padrino. Asumí que era verdad, porque era verdad mi miedo y porque padrino nunca fallaba, de manera que traté de meterme en la cabeza la convicción de que las espinas no me iban a clavar. Me descalcé y estuve con los pies sobre el pasto durante un buen rato, mirando al frente, poniéndome como meta llegar descalzo hasta la alambrada.

Me paré. Me dije que si iba despacito iba a ser maricón y sería al pedo, que más valía caminar seguro hasta llegar, que era eso o nada. Y ahí fui. Dos pasos, tres, cuatro, nada. El corazón como un tambor, y vamos, el pasto una felpa, agarre puro y firme, ya me reía, ya no me lo podía creer y estaba a mitad de camino. Seguí avanzando con el tambor redoblando por dentro hasta que llegué a la alambrada, donde me apoyé sin mirar atrás. Estaba sudando. Giré, volví hasta la casa. De la casa volví hasta a la alambrada.

Repetí el circuito unas cuantas veces curvando la trayectoria, no vaya a ser que justo por donde andaba no hubiese espinas, luego probé el trote haciendo eses y finalmente me lancé a correr. ¡Mi Dios, era cierto! Completamente cierto, bastaba con perderles el miedo para que las espinas, estando ahí, dejasen de estar. Por un lado, ya te imaginarás el tremendo contento que sentí, por otro, comprenderás cómo la figura de padrino creció hasta la altura de las nubes, fácil. Sin embargo, lo curioso se dio cuando después, al pasar este dato a mis congéneres, no les funcionó como a mí.

miércoles, 11 de enero de 2017

Cita 27

Podemos sonreír al decir que la más absolutista de las frases es, sin duda, aquella que afirma que "todo es relativo". Desde ella, es posible afirmar que la vida de un chico de cuatro años ha sido muy intensa, y que la de un señor de cuarenta años no ha sido nada, dependiendo de cómo miremos ambas vidas, si qué variables consideramos, si qué lentes utilizamos como lectores. Yo era muy chiquito cuando mi viejo me dijo que la frase del griego significaba que lo que sabemos, comparado a lo que nos falta saber, era siempre nada. No cambió mucho esto.


Yo intenté saber y, como muchos y más de la cuenta, durante bastante tiempo me dediqué al absurdo acopio de conocimientos, como haría cualquier hombre con monedas de oro si creyese que la riqueza consiste en la suma de ellas. De todas las cosas que aprendí, afortunadamente, la mayoría me han sido provechosas, pero es también verdad que muchas me han sido una carga, sobre todo porque en un punto es preciso desaprender lo que alguna vez con esfuerzo se asimiló. Desestimar ciertas monedas, ciertos lingotes, son el precio necesario que se paga para comprender eso que de verdad se busca.


Libre de la carga que representa ser un representante de algo para alguien o para muchos, pude comenzar a leer - los libros, los gestos, la gente - como se leen los pentagramas, incluyendo vibraciones y silencios, pausas y aceleraciones, tratando de interpretar la voluntad del autor, sin imponer el gusto o la tendencia del intérprete. Reconocer que uno recién ha comenzado a andar el camino ni siquiera es humildad, es, si se tiene la firmeza necesaria, reconocer que antes que llegar a ser admirado a uno le queda todavía demasiado por admirar. Y esto es tremendamente maravilloso. ¿No te parece? 

martes, 10 de enero de 2017

La fuerza y la violencia


Habría que saber categorizar a la violencia y no caer en sobrevaloraciones o subvaloraciones típicas del mercado.

Sin entrar en precisiones ortográficas, ni profundizaciones lingüísticas, un ejemplo sería la distancia que hay entre maldad y crueldad, y ahí te dejo picando toda la onda teología del bien y del mal, versus toda la onda filosófica de la crueldad.

Como se ve, cualquiera maneja opuestos y complementarios, pero siguen siendo pocos los que manejan ese concepto de "ángulos suplementarios", del cual son posibles un montón de extrapolaciones como la de los templos de Corinto, justamente, que vaya uno a saber dónde queda.