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sábado, 25 de febrero de 2017

33. Días de lluvia - 1 (el reglazo)


Los días de lluvia eran completamente otra cosa, y tenían básicamente dos niveles: intensa y muy intensa. Cuando llovía con intensidad el número de asistentes bajaba notoriamente, por lo que en clase no se avanzaba con nada nuevo y sólo se repasaban lecciones anteriores. Y mirá, si ya de por sí me solía aburrir en ellas, calculá si la cosa iba de repasar, un bodrio. Así que yo me ponía a jugar, pero ahí, en mi lugar, porque pasado un tiempito la profe de turno ya no permitía que me levante del asiento, y al primer amague ya la tenía enfrente.

Uno de estos días estaba cavilando qué macana podía hacer, supongo, y mientras intentaba la sinapsis redentora me daba golpecitos en la cabeza con mi regla. De pronto, capté que no me dolía y comencé a pegarme más fuerte, nada, no sentía dolor. Examiné la regla y confirme que aunque siendo de plástico era dura y firme; flexible, sí, pero no era de goma. A mí me pareció todo un descubrimiento y determiné compartirlo con la compañerita que tenía al lado, pero claro, a mi estilo, dándole una sorpresa. O sea, le daría un reglazo que para su maravilla no dolería.

No le di el reglazo tipo un raquetazo en una jugada de tenis, na. Me levanté y alcé la regla sobre mi cabeza empuñándola como si fuese una espada y yo un samurái, mientras la mina seguía haciendo ahí sus ejercicios sin percatarse de nada. Antes que la profe pudiera gritar un ¡Smarc!, pimba, solté la espada con todo. El grito de la mina se escuchó hasta la esquina, y cuando la sangre le cayó sobre el guardapolvo al llanto desencadenado se le sumaron nuevos gritos. Yo no entendí nada de nada, y pensé que la chica tenía la cabeza blanda.

Después comprendí que hay una diferencia entre dar con el canto y dar con la parte plana de la regla, y bueno, yo me flagelé con la parte plana y la pobre ligó con el canto. Realmente no fue mi intención abrirle la herida esa, y me imagino el susto que se habrá pegado, y todo el trauma. Digo yo, si estoy sentado haciendo mis tareas, y de la nada el de al lado me rompe el marote sin que yo le haya hecho nada, sin que ni siquiera estemos jugando, tío, solo podés concluir que el tipo está completamente loco.

Obviamente que la comprensión me llegó después, es decir, cuando ya había heridos que lamentar y las explicaciones no sirven para absolutamente nada. Terminé en el rincón y en la dirección, incluso por un tiempo anduve sentado al lado de la profe. Por lo demás, en el recreo había veces en las que mientras jugaba, alguna profe entraba en el cuadro de mi visión, y claro, me estaba mirando, invariablemente siempre me estaba mirando alguna. Era esa una sensación molesta. No sé por qué, pero sentirse así, en la mira, como que te daba ganas de justificar tanto control, dar razones.

sábado, 18 de febrero de 2017

32. La fama de Magy


Como normalmente era más bien risueña, alegre y conversadora, a mí no me llamaba mucho la atención que a Magy se le acercasen a saludar un par de viejas ahí al llegar al colegio, ni tampoco encontrarla rodeada de otras tantas a la hora de la salida. Sin embargo, más o menos de la nada, el número de estas viejas fue aumentando, y varias veces escuché un “¡Ahí viene Magy!, como si la que llegaba fuese alguien famoso. Incluso de cuando en vez la podías ver charlando con la hermana directora, y no precisamente porque yo me haya metido algún pedo.

Lo primero que comenzó a molestarme fue cuando estas viejas, estando yo al lado de Magy, o cuando llegaba junto a ella tras salir del aula, volcaban la vista y salían con el “¿Y este es tu hijo? ¡Pero si es tu cara!”, dándose inicio así al toqueteo, que incluía la horrible caricia en alguna de mis mejillas y el pasar la mano por mi cabello. A mí esto me enojaba muy mucho, y me liquidaba que, como iban en plan de “cariñosas”, no les podía lanzar una patada o intentar darles un manotazo, de manera que sólo me quedaba aguantar.

Después la cosa se extendió al patio, y ahí cagué. Se me arrimaba cualquiera, de cualquier grado y me decía “¿Vos sos el hijo de Magy?”, “¿Cierto que sos el hijo de Magy?”, “Decile que quiero salir en su programa”, “Viste, te dije. Si es idéntico a ella”, y derivados así. A mí me caía mal, porque a mí me gustaba andar en lo mío, que si no era por el polibandi o el fútbol más bien no interactuaba con casi nadie, así que eso de que me vengan a hablar me descolocaba, y encima no podía responder a las malas.

Se le sumó la calle, o sea, la gente en la calle. Así como se me acercaban a mí en el patio, se le acercaban a ella, en cualquier lugar y a cualquier hora. Y los niños, por decirte una, si íbamos pasando y estaban del otro lado de la vereda, gritaban un “¡Adios, Magy!”, y la Magy respondía haciendo el adiós con la mano. De repente todo esto me pareció una invasión, o un atropello, no sé. Lo que sí es que no me gustaba para nada, y sentía ganas de darles tunda a todos, pero no tenía motivos ¿no?

Sin embargo, mal que mal me fui adaptando a la situación, primero porque no me quedaba otra, y segundo porque lo cierto es que en la escuela nadie me rompía más allá de confirmar mi parentesco con Magy, es decir, nadie me cargaba ni se hacía el gracioso con ese tema. Esto último, no sé si porque tuve la suerte de caer en una camada ajena a la crueldad que dicen natural en los niños, si porque sabían que al cruzar cierta línea habría piñas, o si porque la Magy era tan genial como todos decían. Quizás una suma de todo.

sábado, 11 de febrero de 2017

31. Polibandi


Se hacía un círculo entre los que iban a jugar, y uno de los participantes, mientras decía “sandía sandía tú serás policía”, le tocaba el pecho a los otros haciendo coincidir cada toque con cada sílaba pronunciada, y al que le tocaba “cía” terminaba siendo eso, policía. Se alternaba con “melón melón tú serás ladrón”, de manera de armar dos bandos. Dispuestos los contrarios y establecido dónde sería la cárcel, al grito de “¡ya!” los ladrones se disparaban y los policías corrían en procura de agarrarlos para llevarlos presos. Esto se llamaba polibandi, y era el juego preferido por la mayoría.

Como jugábamos al polibandi en el recreo, la cosa tenía un aditivo extra, sí, el tiempo. Y claro, al sonar el timbre se terminaba el juego y quedaba un único bando ganador; los policías, si acaso lograban capturar a todos los ladrones, o estos, si tan sólo uno de ellos estaba libre en el segundo final. Tranqui, para hacerlo más parejo, siempre había más policías que ladrones, tampoco éramos opas. Ahora, lo bueno era que a un ladrón libre le bastaba con tocar a los ladrones presos para liberarlos, por lo que siempre había uno o dos policías cuidando la cárcel.

Por otra parte, una de las maravillas de este juego era que lo jugábamos entre niños y niñas, cosa que para nosotros era rara, y que nos ponía algo incómodos, pero de la que ni bien comenzaban los correteos nos olvidábamos. Obviamente no es un juego para cualquiera, digamos que exige cierta condición física y de carácter, al menos si querés ganar, claro. Porque mirá, al menos como lo jugábamos nosotros, al momento de capturar tenías que agarrar, así, el propio agarrar, que cosa normal un lazo de guardapolvo roto o un botón de camisa desprendido por "resistirse a la ley".

En algunas ocasiones especiales ocurría que de común acuerdo conveníamos en jugar niños contra niñas, y eso sí que era un aparte, porque había como un desafío adicional. No sé, de repente porque estábamos en una edad en la que los nenes con los nenes y las nenas con las nenas, qué se yo, de por ahí algo había en que querías ganarle al género, alguna cosa así. Cuando se daba, las chicas mínimo nos duplicaban en número, siempre de común acuerdo, y esto lo veíamos justo, que vamos, eran nenas y a lo físico no le daban tanto como nosotros.

Para mí, en lo particular, no eran rival, qué querés, ni en velocidad, ni en amagues, ni en medir distancias, nada, no tenían nada las pobres, salvo una cosa: ganas. No hay animal más agresivo que una mina, tío. Si mal no recuerdo, dos veces me agarraron siendo yo ladrón. ¿Vos creés que no me resistí? ¿Vos creés que no terminé arañado? ¿Vos creés que no me pusieron una poli “dedicada” apretándome su espalda contra el pecho en la cárcel? Ya te digo, eran juegos especiales, hermosos, intensos, a los que sólo pueden igualarse los que jugábamos los niños contra niños.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Cita 31

Ese terreno, tibio, fangoso, lleno de gusanos gordos y afelpados, dentro de su blanda hediondez tenía la capacidad de ofrecer aquello para lo que los muchos habían estado entrenados a apreciar como una bendición: lo conocido. Y ese terreno, ese territorio no era otro que el pasado, no era otra circunstancia que lo pretérito vuelto a repetir de mil maneras diferentes, desde los inútiles reproches de pareja hasta las puestas en escena una y otra vez de las mismas películas de Disney, como si no existiesen la imaginación o la posibilidad de un futuro sin tanto calor gregario inundando las axilas.


Así, todos gorditos, todos afelpados, y mientras más penurias vayan por dentro, mientras más áspera parezca o pareciera la colección de Gólgotas que alguno pudiera colgarse al cuello, no habría más que terminar como parte de un decorado en el que la intrascendencia del conjunto se enaltece y se mantiene justo por ese equilibrio arquimediano por el que el intento individual por enaltecer el propio sufrimiento no hace más que igualarlo al de todos los demás, no ya por sus manifestaciones concretas (una bancarrota, una muerte a destiempo, un segundo lugar), sino por sus fundamentaciones subjetivas, en que todos son doctos.


Mas, para que el conocimiento intrínseco e íntimo de esta trama tenga, además, reconocimiento, es necesario atenerse a la misma y asumir uno de los papeles más nobles que confiere la historia: el de víctima vengadora. Para ello, se precisa asumir la realidad como tal y enteramente como tal, pretender ser el responsable de la misma y - el condimento esencial - ser acusado y hallado culpable de todo. Demás está decir que la acusación debe ser aceptada veladamente, jamás deberá ser asumida con vehemencia, o actitud parecida. Sólo los culpables sentenciados tienen posibilidad de salirse del fango. Por eso apesta.

sábado, 4 de febrero de 2017

30. Toby


Los primeros perros que tuvimos con Sarah fueron Manchín y Manchón; pequeños, blancos y con manchas marrones, si no me falla mucho la memoria. Manchín era el de Sarah y Manchón el mío. En teoría Manchón era el más bravo, o eso pretendía yo, pero lo cierto es que ninguno de los dos tenía buen genio, cosa que se evidenciaba al darles de comer. Mirá, pasaba que el uno se metía con el plato del otro terminando los dos a los mordiscos entre ellos, como si en lugar de hermanos fuesen perros desconocidos, o como si les fuera a faltar comida.

Aunque el viejo me llegó a explicar que los perros son así, y que a la hora de comer se vuelven muy sensibles, yo no llegué a entender el comportamiento de los cachorros, e incluso me pareció que al viejo algo le fallaba en el discurso porque allá, en la estancia, igual había varios perros y ninguno daba problemas. Al final, parece que alguien resultó lastimado, no estoy seguro, pero me parece que alguna dentellada ligué yo, que me gustaba el tema de acercarme con la comida, así que la dupla quilombera ligó la tarjeta roja y no se supo más. 

Seguramente la directiva estableció que el problema se dio porque fueron dos perros, y que tratándose de uno no habría dramas. De manera que luego de un tiempo apareció un nuevo cachorrito, marrón, de pelo lacio, hocico negro y corbata blanca, un pekinés. A su estilo, Sarah se apropió unilateralmente de Toby, y yo no discutí el asunto de la propiedad porque lo cierto es que no me importaba, que tampoco me iban a prohibir jugar con el animal cuando tocase. Qué decirte, el Toby resultó tener peor carácter que Manchín y Manchón juntos, aunque se tomó un tiempo para demostrarlo.

Cuando llegábamos de la escuela, Toby nos recibía a Sarah y a mí con el típico saltiteo, la movida de cola, y algún ladrido festivo. Ahora, vos podías pasarle la mano devolviéndole la fiesta acariciándolo una, dos veces, pero a la tercera ya te gruñía. Yo me lo carpeteé que era un jodido y cuando jugaba con él le buscaba el lado de fiera que tenía. Con los almohadones del sillón, por ejemplo, le buscaba pelea, y el tipo no dudaba en atacar. Ahí me cuidaba, porque el pekinés no macaneaba, y más de una vez me arrancó piel haciéndome sangrar.

No sé qué habrá pensado aquella vez Toby, pero trajo algo en la boca, algún hueso habrá sido, y se puso a masticar debajo de la mesa donde estábamos almorzando. El viejo movió los pies y el perro le saltó y lo mordió, encima gruñendo y todo. ¡Mierda! Ahí nomás el viejo se sacó el cinto y lo cagó a garrotazos al bicho, casi lo parte. Sarah apenas se aguantó el llanto, y yo aguanté también callado; Toby se rajó rengueando hacia el jardín. Cuando terminamos de almorzar salí apurado a buscarlo, lo encontré en el regazo de Zurko, dejándose acariciar.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Cita 30

Puedes negarme frente a los demás, y puedes negarme en mi propia cara. Aunque para ti eso tenga alguna importancia, ya sea que lo juzgues moralmente como extremadamente bajo, o que lo juzgues como pendencieramente alto, lo único cierto es que sólo puedes negar algo que existe, o que existió. Y mientras más peso tenga o haya tenido eso que niegues más elocuente será la proyección de su imagen, lo aceptes o no lo aceptes. Los zapatos delatan el camino que hemos recorrido y, las miradas, dejan ver no sólo lo que hemos visto, sino aquello que nos ha sido mostrado.


El cariño que carece de admiración termina siendo insano, reclamante y dañino. Sin embargo, si el cariño se deja ser y expandir apoyándose en todos aquellos aspectos que hacen posible que admiremos a alguien, no puede menos que mantenerse firme cuando no expandirse. Pero si el cariño encuentra trabas para admirar y, en lugar de admirar a quien de un modo natural guardamos cariño, todo irá en espiral negativa hasta desembocar en ese hueco fétido que acaba por negar lo que no se puede negar. Y, cuando esto ocurre, el que sabe qué está ocurriendo no tiene nada que hacer. Nada.


No, no te estoy aconsejando nada, no creo en los consejos. Los consejos sólo sirven a quienes los escuchan, los cuestionan y los ponen en práctica, es decir, a los excepcionales. Y en cuanto a los que aconsejan, son aquellos cuyo conocimiento ya no les puede traicionar, por lo que también son excepcionales, pero en otro grado. Se me ocurre que son estos excepcionales los que hacen literatura, de algún modo, y que luego, cuando esta literatura se destiñe  en forma de novelas fantásticas, de cuentos de terror y demás variantes, es que el resto del mundo gana algo de distracción.