Printfriendly

miércoles, 29 de marzo de 2017

Gusto desarrollado y humildad


Quedarse maravillado ante la imponente escultura del Moisés de Miguel Ángel, o luego de escuchar algo de Bach preguntarse -sin posibilidad de respuestas- cómo pudo un hombre concebir una música semejante, son situaciones sumamente especiales pero que no dejan de tener mucho de normalidad. Ahora, cuando la exaltación que nos provoca la obra conseguida por otros nos mueve a pretender emularlos, ahí la cuestión comienza a ser otra. Cuando en la obra que percibimos, a un tiempo hay algo que nos empuja y nos llama a poseerlo haciendo que digamos “yo quiero hacer cosas así”, la cosa vibra con otra frecuencia.

Aquí, el que asumió esta vibración íntima y decidió intentar desarrollar eso que el gusto le pide, va a encontrarse, más temprano o más tarde, con la primerísima lección: no es nada fácil. Y es que a medida que se avanza las dificultades también lo hacen, tanto, que llega un punto en el que lo más frecuente de todo es pensar en abandonar la empresa, pues, la distancia entre lo que se pretende conseguir y lo que efectivamente se consigue parece no amenguar, el agobio se agiganta como maleza y, muchas veces, no se cuenta con el apoyo que uno desearía.

En esta primera lección quien realmente sufre es el ego que, mira tú, por primera vez aparece como un personaje innegable con el que es necesario entablar una relación seria y armoniosa si es que se quiere progresar. Si acaso el aprendiz logra los acuerdos necesarios con su ego, entonces le será posible asumir justamente eso, su rol de aprendiz, con lo que no tendrá reparos al momento de recibir críticas – todas las críticas son constructivas, para el que quiere crecer, claro -, comentarios, y cualquier tipo de ayuda que en el camino de su aprendizaje vaya recibiendo de quien sea.

En esta primera lección también opera un filtro que separa a quien busca conseguir el arte, de quienes buscan simplemente enaltecer su ego. Está quien quiere tocar una música por el placer de conseguir hacerlo, y está quien quiere ser escuchado, reconocido por hacerlo; hay una diferencia entre ambos objetivos, que no se excluyen, ojo. Pero, digamos que el que busca el arte por el placer de lograrlo, por desarrollar su gusto, está más dispuesto a escuchar consejos para conseguirlo que aquellos que prioritariamente buscan hacer relucir sus nombres. Suelen llegar más lejos, siempre, los que mejor capitalizan todas las sugerencias.

Para quien va desarrollando su gusto todo sirve, y toda equivocación que le señalen, venga de quien venga, no deja de ser una ayuda. Como se comprenderá, el que tiene un gusto desarrollado de nivel superior, necesariamente ha tenido que pasar por un curso de humildad elevado, que es lo que le permite aprovechar cualquier enseñanza, como también valorar y comprender tanto la propia obra como la de los otros, independientemente de cualquier juicio externo. En este panorama, ¿cómo podría extrañarnos que la gente que se enoja cuando se le marca un error sea aquella que no tiene un gusto desarrollado? 


sábado, 25 de marzo de 2017

El escapismo de la música II


No, no es soplar y hacer botellas, pero tampoco es difícil, tiene nomás su puntito. La boquilla tiene su lado, y en dependiendo de cómo la colocás, aunque no creás, hay variación de potencia en la emisión del sonido y, por tanto, de la nota. Ahora, la ventaja es que “la nota está”, es decir, si colocás los dedos en el lugar correcto no podés errar. Desde ahí, claro, el problema fue qué notas sacar y en qué momento, esto es, cuándo el do, cuándo el mi, cuándo el sol, y por cuánto tiempo. O sea, tocar música y no ruido.

Para el menester este de tocar música es que se desarrolló la herramienta del pentagrama, había sido. Y como yo no tenía mucha paciencia (o quizás cerebro) como para aprenderme a leer el pentagrama, Sarah, dando muestras de sus dotes pedagógicas, sale y me escribe las notas de una canción: do do re mi do re re sol – mi mi fa sol mi fa sol la -, y luego toca eso. Me pasa la flauta y hace que lo intente. A la primera me salió todo mal, pero ahí por la tercera la cacé. Apenas me lo creía, ¡estaba balbuceando música!

Luego me enseñó esa música de Kung Fu, un canon, y una para dormir, de Beethoven. Por primera vez había dejado aparte las esferas, y ni me pesó. Me apliqué con todo, y como la Sarah, de un oído finísimo, no me permitía un solo yerro, después de unas decenas de “pará, bobaso, de nuevo”, terminé dominando esas tres canciones. Con las esferas, en ese momento todavía no me había pasado, pero con la flauta viví la sensación de volver posible lo que antes entraba en el rango de "no se puede", y con sólo ponerle ganas, autenticas ganas, por supuesto.

Así que voy junto a la profe Yehlí y le digo que quiero entrar en el coro. Dulce, maternal, con el espíritu docente brotándole de los poros, y sobre todo expeditiva, me dijo “pero vos no sabés cantar”. Colón, como decía tía Kej, pensé por dentro, y le dije que quería probar con la flauta, que Sarah me había enseñado unas canciones. Cuando me dijo que "bueno, a ver, te escucho”, ahí recién el cagazo, los nervios y demás. Pero nada, atropellé y le metí una canción tras otra, palpitando fuerte ahí en los pasajes que provocaron los “pará, de nuevo”.

Una semana después, durante el ensayo en el que estaba estrenando mi propia flauta, Yehlí comenzó a putear a medio mundo porque no salía la cosa, y de repente agrega “no son como Smarc que en tres días se domina cualquier cosa”. Yo busqué directamente los ojos de Sarah, que me estaba mirando con esa sonrisa suya, hinchada como un globo y yo, rojo como un tomate, y para variar, mudo. Mucha cosa la música, yo sin saber cantar y, sin embargo, pudiendo salir del aula en horas de clase. Al parecer, algo más se escondía detrás de todos esos sonidos.

viernes, 24 de marzo de 2017

La alegría de endeudarse


Hay un grupo de gente que está contenta porque los bonos emitidos van a ser colocados en equis mercados. Y yo me pregunto si por qué esta gente está contenta. La emisión de bonos, lo mires como lo mires, implica un endeudamiento. Esto quiere decir que vamos a endeudarnos, que nos van a dar plata y que esa plata la vamos a tener que devolver. El que la gente festeje este hecho viene a ser como la alegría del tipo de dudosa reputación al que le aprueban un préstamo en un banco. Es como que le aprueban la facha, la pinta.

Analizando un poco el tema del préstamo, cuando alguien te va a prestar dinero, sea tu almacenero, sea una financiera, un banco comercial, el banco mundial, o los chicos de Wall Street, en lo primero que se fijan es si vas o no vas a poder devolverles el dinero, es decir, tu flujo de caja. En este caso, los impuestos y lo que entra por las entidades públicas, como ANDE e Itaipú. Luego se fijan en qué te pueden quitar si no cumplís (similar a lo anterior) y, finalmente, cuánto más pueden ganar si falluteás en la puntualidad de los pagos.

Como se ve, tenés un sujeto de crédito que tiene un buen flujo de caja, con dos represas que generan un montón de dinero (ninguna de las cuales son obra de este gobierno, dicho sea), un histórico comportamiento tributario impecable (los muchachos pagan los impuestos que sean, sin llorar ni protestar), una institucionalidad al uso de Latinoamérica (dónde cualquier reclamo judicial te lleva entre 5 a 25 años), y donde ninguna obra de infraestructura, ni de ningún tipo, está sujeta a fiscalización privada, por lo que en caso de un desembolso completamente fraudulento nadie va a reclamar absolutamente nada… ¿qué más?

Un detalle… lo que pocos medios mencionan es que estamos en una coyuntura en la que las tasas de interés ya están a cero, o incluso en rojo. Es decir, vamos, hay empresas, instituciones de capitales enormes que están pagando a los bancos para tener su dinero en el sistema - y en bancos que en cualquier momento pueden dejar de estar-. Yendo a lo serio, el Deutsche Bank ha dejado de ser un banco serio para una empresa seria. Entonces, un equipo serio, buscaría dinero y lo conseguiría sin tener que pagar intereses, acaso justo lo contrario, cobrando buenos intereses.

Pero, lo principal para mí es, ¿para qué endeudarnos? ¿Es que no tenemos reservas monetarias, es que no tenemos plata guardada? Aquí queda clara la cosa: se presta plata que no se tiene para gastar en lo que no genera beneficios. Está claro entonces que esta plata que se presta, que no va a generar beneficios, como sí va a generar intereses, necesariamente acarreará una suba en los impuestos y en las tarifas de servicios públicos. Ahora, si además esta plata la gastan algunos, y la pagamos el resto, la cosa va a estar para repartir sonrisas, besos y abrazos.

Enlaces relacionados:




miércoles, 22 de marzo de 2017

Quote 2


Not long ago I’ve read a very good poem about the fear and now, while listening to the symphonic poem n· 29 of Rachmaninov, and remembering what I’ve been reading about Mary, queen of Scotland, "the fear" as a belonging, occurs to me. Do you have twenty dollars? Do you have fear? Let’s agree that it could be a question of a degeneration of the language, but normally nobody says: Do you feel fear? No. The verb that is used is to have. Since then that sounds pretty logic the phrase of losing the fear , because of course, following the logic one loses what it has, not what it feels.

But: what is that one has but what it feels? Then: is it possible to lose the tenderness or the rancor as the fear? Is it possible, as Pink Floyd, to be remaining comfortably lulled with the feelings more and more anesthetized blurred of its primary colors? I am sure that it is possible, as I am sure of the opposite process. That is to say, that we can gain fears, resentments, even emptiness and darknesses, which the palette of the human soul can be of many tones. The joke is in the game of dependences that begin to play for everyone.

Returning then to the thing of the “divine treasure", it doesn’t stop sounding in my head the famous phrase "the best years of my life". And look, I that I have sold so many things, some of them excellent, some of them rustic, I understand that people sell themselves for what they know - meanwhile it is capable of teaching, or  transmitting somehow  that knowledge- and for what they feel, because both things are tied. In this way, one puts price to what one is as a company, because this is finally what one has to sell, nothing else.

lunes, 20 de marzo de 2017

Quote 1


"Who conquers in science to Saint Thomas, in genius to Saint Augustine, in grace to Bossuet, in strength to saint Peter? Who as Rafael dos ever put on the canvas inspiration and life? Place people in view of the Pyramids of Egypt, and they shall say: through here has passed a great and marvellous civilization; place them in front of the Greek statues and the Greek temples and they shall say: through here has passed an amusing, mayfly and exceptional civilization; place them in front of a Roman monument and they shall say: through here has passed a great village. Place them in front of  a cathedral, and on having seen so many majesty united to so many beauty, so many glory joined to so much taste, so much grace together with a beauty so pilgrim, so severe unit in such a rich variety, so many restraint joined with so much boldness, so many softness in the stones and so many gentleness in the outlines, and so amazing harmony between the silence and the light, the shade and the colors, they shall say: through here has passed the greatest village in the history, and the most magnificent of the human civilizations, this people must have had of the Egyptian the greatness, of the Greek the brilliant, of the Roman the strength; and above the strength, the brilliant and the greatness, something worthier than the greatness, the strength and the brilliant: the immortal and the perfection. "

Donoso Cortés.

***

New sounds, like painful and, to the time, calm perfection makes itself comfortable in this linear time that sometimes I conceive thanks to a part that my original senses dictate me. I visualize, swear that almost exactly, the climate during the too many mornings in which there was controlling itself the refinement of the curves of the wood, the bridge, for the final tension of the ropes.

And distant sleep, at the top of me, the love, or the hate, the disappointments, the spasms, the first fright when it disappeared the rule and a blood absence announced then the Clara advent, and the first look like the first steps of a new angel- non-participating of hell and of any god peoples elector and scornfully of gifts - spilling questions on ancient staves for inaugurating its eyes.

Perhaps all this, because also it weighs me to remember that summer night, with so many beer and AC/DC, Johannes translating from English to Spanish, Goldstein doing of Paganiniana a happy birthday without too many arrangements under the tree, and the old man  laugh between cigarette and cigarette, so that the years happen suddenly, suddenly, like a rag that passes on the counter of a snack bar that suddenly has become unfriendly, without notice, and the cold comes to me to the face without pouches of knowing that the boy has committed suicide, that found the violin at the corner of the room, and John wondering why it had done it, if how, and I controlling myself, saying to him that I do not want to speak about that now, old man.


sábado, 18 de marzo de 2017

Solo, me sostengo

Conmigo a oscuras, solo, me sostengo
recreando el sonido que escribiera
para todos y nadie, a su manera,
algún monje genial sin abolengo.
Su música, sus notas - lo que tengo -
bastan para nutrirme y aquietarme
en el desasosiego, en el desarme
que es vivir esperando que otras manos
acompasen la furia, los arcanos
que implican convivir sin sojuzgarme.


36. El escapismo de la música I


A Sarah los viejos le habían comprado una flauta, de las que le dicen “flauta dulce”, y por las tardes ella se ponía a practicar. Cuando lo hacía, yo le prestaba algo de atención un rato, más por la novedad que por otra cosa, pero enseguida la abandonaba y me iba al patio a por las esferas. No me dio celos el tema, del tipo por qué a ella sí y a mí no, que yo sabía que la mina jugaba a otro nivel y, a mi modo, entendía que eran “sus cosas”, como sus muñecas, o sus zuecos, algo así.

Sin embargo, cuando cierta vez la vi desarmando la flauta para sacarle la saliva, y luego, volviendo a armarla acomodando la parte baja dejándola un poquito torcida, ahí ya fue otro tema. Me explicó que la saliva se junta y entonces gotea, que si la parte baja se pone recta el dedito no alcanzaría para hacer la nota do, “¿ves?”. Le pregunté si cómo sabía todo eso, y me dijo que lo había aprendido en el coro de la escuela, y poco tiempo atrás. “¿Vos estás en el coro?”. Y cómo no iba a estar en el coro, si era Sarah.

El coro era una suerte de élite, en la que alguna vez, y estoy seguro de que por gordito y por mi recorte taza, me pusieron a tocar el triángulo. Esa élite estaba comandada por la profesora de música, la profe Yehlí, cuya voz fácilmente se podía escuchar a dos cuadras de distancia, aún con todas las puertas y ventanas cerradas. Para entrar a la élite había dos condiciones, o sabías cantar, o sabías tocar la flauta, como mínimo, y de filtrar a “los aptos” se ocupaba la mismísima Yehlí, que no tenía problemas en descartar a quien no la pegaba.

Todo esto a mí me pasaba por un costado, pero, cuando una mañana, correteando por un pasillo, fija que con la excusa de ir al baño, vi a Sarah y a otros niños salir de sus aulas en horario de clases quedé en alerta. Ya en casa, cuando le pregunté sobre el tema, Sarah me dijo que a veces salían de clases para ensayar en el coro. Fue como un chispazo, el imposible mismo tendiendo un puente. Decidí que tenía que estar en el coro, como sea, porque aquello de salir del aula a deshoras y sin supervisores me parecía fantástico.

Le comenté a Sarah de mis intenciones, confesándole que para mí lo importante era salir del aula. Tras una brevísima evaluación, con extraordinarias semejanzas con la profe Yehlí, Sarah determinó que el canto no era lo mío y que por ese lado me vaya olvidando del coro. Sin embargo, me dijo que podía probar con la flauta, a lo que yo le respondí que no tenía ni idea de las notas y todo aquel mambo. “Es fácil, yo te enseño” me dijo, y al momento se puso a darme las primeras lecciones, que iban de sacar el sonido, antes que nada.

sábado, 11 de marzo de 2017

35. Tercer grado - el escenario


A la maestra Noferia, de tercer grado, seguro que el dato le había pasado María del Carmen Gutiérrez, la de segundo y, a esta, obviamente que Kija. No recuerdo muchos porqués precisos, o sea, las situaciones previas, pero la cosa es que no era raro que yo terminara upa, ahí en el regazo de Noferia. Posiblemente cuando me ponía en modo quilombo dentro del aula no me entraba por las buenas lo de cortarla, y mandarme al rincón o a la dirección de repente les jugaba en contra de lo maternal, así que el upa se convirtió en la solución alternativa.

Quizás esa vez Noferia estaba podrida de tenerme upa, puede que a lo mejor necesitaba avanzar unos temas y conmigo ahí lo visualizó difícil, no sé. El tema es que me incluyó en un grupo de escogidos, unos seis o siete alumnos, para ir a limpiar el escenario. Obviamente las niñas se enchufaron al tiro, y en nada de tiempo ya una con el balde, otra con la escoba, aquella con la palita y una más con el palo de repasar, estaban listas para dejar reluciente el escenario y, por supuesto, ser reconocidas por la labor tan bien desempeñada. Se sabe.

Convengamos en que yo tenía mis recelos a la hora de interactuar con las “mujeres”, pero en esa ocasión no me resultó complicado porque, gracias a Magy, yo tenía cancha con el tema de barrer y repasar, así que no fui en condiciones inferiores, sino que más bien yo sabía cómo se hacía el tema. Al principio, maravilla. Lo de barrer lo tenía reaprendido, una, dos, tres veces, golpe, y avanzar. Así que como iba barriendo los tablones quedaban limpios de polvo y paja, dejando ver sus rugosidades justo como para que sólo quede pasar el trapo húmedo para dejarlos impecables.

Ahora, en un punto dado yo terminé mi parte, que vamos, nos habíamos distribuido la tarea, y entonces ¿qué hacer? ¿Pues qué hace un chico de ocho años? Exacto, joder. Así como podía concentrarme en hacer bien lo que tenía que hacer, así podía, del otro lado, concentrarme en jugar, simplísimo. En un flash eso se convirtió en una especie de polibandi, la araña y la mosca, y el que no corre pierde, todo junto, en el que las chicas me seguían con sus palos y yo, con el balde como casco, les hacía de toro candil que corneaba y huía.

En un punto me caí, el balde rodó, y la que venía siguiéndome a mil, para no pisarme saltó sobre mí. Yo había quedado boca arriba, y en esa fracción de segundo vi que la mina iba a pasar sobre mi cara, de manera que le iba a ver la bombacha, porque todas usaban pollera, claro. Recuerdo ver la suela de su mocasín y mi automático cerrar los ojos. Sentí que no podía mirar, que no estaba bien eso, y hasta me dio vergüenza. Cuando me levanté, sintiéndome pecador, miré hacia la ventana del aula. Y sí, Noferia nos estaba controlando.

sábado, 4 de marzo de 2017

34. Días de lluvia 2 (salón de actos)


En los días de lluvia muy intensa la participación era casi nula y la escuela se convertía en un mercado. Como no se utilizaba el patio, se mezclaban todos los grados en el corredor de entrada y en los pasillos, así que para poner orden y hacer la fila, aun cuando éramos pocos de cada grado, las maestras sacaban a lucir ese lado oculto que todas tenían, o sea, se ponían fieras. No se cantaba el himno porque no se izaba la bandera, supongo, pero igual se rezaba, porque a Dios no le importaba el clima, creo. Luego, íbamos al aula.

Para la hora del recreo se habilitaba, a manera de patio, el salón de actos. Yo creo que ahí faltó un poquito la inteligencia, o de repente alguna opinión masculina, tené en cuenta que eran mujeres, desde la limpiadora hasta la directora. Te digo porque el salón de actos era eso, un salón grande, con un escenario y al frente un montón de bancos del tipo que se usan en los templos, que estaban ordenados en dos grupos - de columnas o filas, como querrás -, dejando espacio para pasar al medio y a los costados. Pero, ¿si no hay acto?

La cantina, al mando de ña Horocia, se trasladaba al salón de actos, ya que la idea era que los pudientes se compren su merienda y luego se sienten a disfrutarla cómodamente en alguno de los bancos. Sin embargo, la idea que teníamos algunos cuantos no pasaba por quedarnos media hora sentados, así que no tardábamos en armar el polibandi pero más o menos disimulado, como cuando en vez de jugar a los cien metros planos pasás a jugar marcha. Desde fuera se verá medio ridículo, pero desde dentro tiene su sabor, porque correr dentro del salón estaba más que prohibido.

Por supuesto, estos polibandis sólo los jugábamos entre varones, porque las nenas como que tiraban más a obedecer las órdenes, y los inquietos de cajón éramos nosotros. La cosa se ponía entonces muy competitiva, y la parte salerosa era que en realidad corríamos, pero justo en ese trecho, en ese espacio tiempo en donde las maestras no nos estaban mirando. Así, el juego tenía sus partes rápidas y sus partes lentas, cada una con sus mañas, como la de agarrar a la nena que pasaba a tu lado y arrojarla al policía que tenías ya casi encima con los brazos extendidos.

En una de estas ocasiones, y faltando poco para que termine el recreo, sucedió el desboque. Quedé de último ladrón y tenía a unos tres polis persiguiéndome. Llegado un punto, me resbaló que las profes me estén mirando o no, corrí, pero los polis se contagiaron y también corrieron. Como no paraban, comencé a saltar sobre los bancos, pero los bestias también lo hicieron, o sea, se armó. En la persecución, hubo uno que no midió bien la distancia entre bancos, pisó mal y terminó partiéndose la boca. Terminamos todos en la dirección, y sí, para variar de nuevo yo culpable. 

jueves, 2 de marzo de 2017

Quote 14



Suddenly she offered me my own words, but feeling them like hers, with the vigor with which I had felt and said them in my first youth, when everything in me was about differing and a world was still distant from learning to integrate.  I accused the blow, remembering that usually does not remain the strongest one but the one who resist the most and, almost smiling from the very deep of my very trained fortitude, I answered her that not everybody was a piece of shit, that everywhere there are people who are worth, although it is always easier to remain alone.

In rejecting the fears, it inhabits the biggest of the fears, and the biggest of the anxieties, too. Since we accept the possibility of the worst thing, since we assume that our worst nightmare could come true and take it as palpable, we will begin to reduce this quota of imaginary power that up to this moment it took as an illusion, including the fear of the madness, of the mental weakness, of the emotional ambiguity. The deepest truths, the last secrets, are reached any time we fully fulfil with the first of the rites. The sincerity - playful, tragic or indifferent - for with one himself. There’s no more.

Furthermore, I had survived one of the cruelest scenes of that gender war that I then had to deal with: my ex, envying what the future offered with my actual girlfriend; and my actual girlfriend, envying what was my past with my ex. It is then that one stops talking about love, when one realizes that everything is jealousy or envy, competition, game, war, absurd ways that hide, disguise and end up exposing the simple and deep desire of not wanting to feel too alone in an inherited egoism from generation to generation, degeneration in degeneration, always.